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American Diplomacy
Commentary and Analysis

April 2001

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Un nuevo tipo de intervención para Colombia

About the author

The author of the following analysis, commenting on an article by U. S. Ambassador Robert E. White in an issue of American Diplomacy entitled "The Wrong War," is a Colombian journalist specializing in political and government affairs. Sr. Valdivieso's precis of the commentary is available in English. He invites comment by e-mail at gvaldivieso@hotmail.com. —Ed.

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UN RECIENTE ARTÍCULO del embajador Robert White sobre Colombia consideraba que la asistencia que por 1.3 billones de dólares acordó Estados Unidos para este país puede claramente considerarse "intervención en la guerra civil de otro país." El embajador White—quien conoce Colombia personalmente—destaca las tradicionales dudas de los norteamericanos sobre lo apropiado de las intervenciones, y considera que quienes apoyan el componente militar de la ayuda norteamericana a este país pretenden "reducir complejos problemas políticos, económicos y sociales a sólo un blanco identificable y atacarlo con fuerza militar."

El embajador White es profundamente escéptico respecto a lo que aquí llamamos el Plan Colombia, pues piensa—al igual que muchos aquí—que la fumigación aérea, que es el principal componente de la estrategia de combate a las plantaciones de narcóticos, "no hará sino llevar a los campesinos más adentro en la jungla." En pocas palabras, el señor White considera que la intervención de Estados Unidos será, en el mejor de los casos, inútil, pero que también tiene altas posibilidades de terminar en una situación al estilo de El Salvador o Vietnam, con los norteamericanos financiando a un ejército incapaz de ganar la guerra—y haciéndose co-responsables de una dramática situación de derechos humanos.

En las líneas que siguen se busca mostrar que el conflicto colombiano necesita la intervención, no sólo de Estados Unidos sino de la Comunidad Internacional en general, pero no para ayudar a ganar a uno de los lados, sino para terminar la guerra de la mejor manera posible, y tan rápido como sea posible. Una intervención muy diferente de la que insinúa el Plan Colombia, pero intervención al fin.

Lo peor acerca del conflicto colombiano no es que la ayuda norteamericana pueda agudizar la confrontación, o que el proceso de paz se congele. Lo peor es que ese proceso de paz ni siquiera comenzó.

Qué debería estar ocurriendo?

Jesús Antonio Bejarano, economista que se convirtió en uno de los hombres más preparados de Colombia en negociación de conflictos políticos, enseñaba a sus alumnos, poco antes de ser asesinado hace un año, que un proceso de paz real comenzaba cuando se iniciaba realmente la discusión sobre las incompatibilidades básicas—las razones que parecerían justificar que los actores del conflicto se dediquen a matarse. Eso es lo primero que no está sucediendo.

Pero hay unos motivos para que los enemigos se sienten a hablar, y que se refieren a lo que esté ocurriendo en las tres dimensiones en las que evaluamos un conflicto armado: intensidad del conflicto, balance de fuerzas (militares, políticas y sociales) y objetivos estratégicos de las partes. Un proceso de negociación con un enemigo que no se siente derrotado se da cuando la intensidad del conflicto y el balance de fuerzas lo hacen atractivo para ambas partes, y cuando esas partes están dispuestas a cambiar sus objetivos estratégicos.

Qué objetivos estratégicos tienen los actores del conflicto colombiano? Al menos uno de los grupos guerrilleros (las FARC) quiere, si no hacerse con el gobierno del país, al menos sí forzar cambios de fondo en la distribución del poder y de los recursos, acercándolos a un sistema socialista. En entrevista reciente concedida a la BBC de Londres, su ideólogo Alfonso Cano hablaba de propiedad mixta público-privada en los sectores "estratégicos" de la economía, eliminación del latifundio—más de 2.500 hectáreas—y nuevas formas de democracia como puntos centrales para un gobierno de transición, pero aclarando que "lo que queremos es el Poder". El único objetivo estratégico del gobierno, hasta ahora, ha sido que deje de haber subversión.

En cuanto a la intensidad, el creciente grado de perturbación que está generando el conflicto en la actividad económica y en la capacidad efectiva de gobernar de las élites han hecho la negociación cada vez más atractiva para los últimos gobiernos y la población en general—vale la pena recordar los 10 millones de votos del Mandato por la Paz en 1997.

El balance de fuerzas se mantiene dentro de un statu quo, donde ninguna de las partes es capaz de propinarle golpes militares decisivos a la otra, y donde los esfuerzos de la subversión por ampliar su respaldo político tienen posibilidades sólo en el muy largo plazo. Esto no ha impedido que la guerrilla amplíe su radio de acción—y su capacidad de presión—consistentemente a lo largo del tiempo.

Las FARC alcanzaron un perfil muy alto entre 1996 y 1998 con la toma de varias guarniciones militares en sitios alejados, pero parecen haber perdido esa capacidad recientemente tras el inicio de una reorganización militar que se apoya en la mayor movilidad de tropas y el apoyo constante del arma aérea. Por su parte el Ejército, que parece medir sus resultados en "número de guerrilleros muertos," no ha logrado en ninguno de los años recientes —los más virulentos de esta guerra—dar de baja más del cinco por ciento de los enemigos combatientes en las zonas rurales. También sigue siendo baja la capacidad para asegurar territorios, pues al mismo tiempo que se "recupera" el páramo de Sumapaz, muy cercano a Bogotá y de dominio guerrillero durante décadas, la insurgencia hace presencia nuevamente en la rica región bananera de Urabá, "recuperada" hace tres años.

Los ingredientes de un proceso exitoso

Hay tres tipos de procesos de negociación para estos conflictos: uno "inclusivo"—como el que se ha dado con todos los grupos insurgentes en Colombia hasta ahora, en que se negocian reformas o concesiones mínimas con ellos y se desmovilizan—uno distributivo, "yo me llevo la nevera y tú el televisor", y otro dentro de un esquema "ganar-ganar" en que el mismo Establecimiento se convence de que la negociación es la oportunidad para cambiar lo que debe ser mejorado en el sistema.

En el caso de Colombia, donde las guerrillas actuales no quieren más reformas o pedacitos del poder, sino el Poder, sólo el tercer tipo de negociación tiene esperanzas en el futuro previsible.

Bejarano enseñaba a sus alumnos que, una vez iniciado, se necesitan cuatro cosas para que el proceso de paz en un país como Colombia pueda ser exitoso. Las primeras tres son

  • a) la identificación clara de las incompatibilidades básicas a negociar,
  • b) una presión sistemática de la sociedad civil sobre todos los actores para acelerar el proceso, en la definición de la agenda y en el control del alcance y cumplimiento de los acuerdos, y
  • c) una presión de la Comunidad Internacional, también sobre todas las partes, que la convierte en garante de los acuerdos y del mismo proceso.

La cuarta condición es que las percepciones de cada actor sobre sus fuerzas y las del contendor sean similares, y el equilibrio no se altere en forma que el proceso pierda atractivo. Las garantías mejoran cuando cada lado, evitando parecer débil, se ocupa de realizar acciones que fortalezcan la posición del bando más moderado en el campo enemigo.

En Colombia, dos años después de la desmilitarización por el gobierno de una zona de cuarenta mil kilómetros cuadrados para realizar conversaciones con las FARC, y mucho más de un año tras quedar definida una "agenda común" de más de 100 items y ya bastante etérea, ni siquiera el primero de esos puntos ha comenzado a ser discutido. La identificación de incompatibilidades básicas no se ha iniciado.

La sociedad civil y la comunidad internacional siguen apareciendo demasiado tímidamente, sirviendo de facilitadores más que ejerciendo una presión palpable sobre los diferentes actores del conflicto. Los países donde la insurgencia tiene representantes no parecen haber hecho grandes esfuerzos para que los guerrilleros respeten el Derecho Internacional Humanitario, condicionando a ese cumplimiento el mantenimiento de la representación. Tampoco ha habido ninguna presión sobre las partes para que aceleren la solución a una guerra que se está convirtiendo en problema humanitario de grandes proporciones, poniendo sobre la mesa los temas cruciales.

Por qué no se avanza?

La razón clara para que la discusión de los temas sustantivos no haya comenzado es que ninguna de las partes tiene premura en que inicie. Nadie en Colombia ha oído de reclamos del gobierno o la guerrilla por la lentitud del proceso de negociación sustantiva —que resuelva las incompatibilidades básicas—aunque esos reclamos sean frecuentes para los temas laterales (como el canje). Los motivos para ese desinterés caen en el campo de la especulación, pero hay algunos factores que pueden ayudar a entenderlos.

El primer factor sería una sensación de inseguridad del Gobierno ante la discusión de una agenda frente a la cual el mismo Gobierno seguramente no tiene consensos formados, y mucho menos se puede considerar que represente las posiciones de "las personas con ideales democráticos" o siquiera la totalidad de los empresarios, políticos y otros supuestos beneficiarios del actual estado de cosas. Los teóricos de la negociación insisten mucho en la importancia de las negociaciones al interior de cada campo, que son las que dan legitimidad y carácter decisivo a lo que se negocie con el contrario.

En el caso colombiano, el gobierno tal vez está actuando con inteligencia, articulando unos consensos mínimos en su propio campo antes de discutir los temas con la insurgencia, o tal vez no tiene ninguna idea de cómo iniciar ese proceso. Hasta ahora, lo más significativo ha sido conformar un "frente por la paz y la convivencia", con la participación de las debilitadas dirigencias de los partidos tradicionales, un precandidato presidencial (Horacio Serpa), el representante de otra precandidata (Noemí Sanín) y dos congresistas independientes llamados a última hora. El primer comunicado del "frente" reiteró el consenso básico sobre la necesidad de insistir en la negociación con la guerrilla, lo que no deja de tener trascendencia cuando Serpa y Sanín parecen hoy los más probables sucesores del presidente Pastrana.

El grupo produjo también el mayor avance de conjunto sobre una posición de negociación, al insistir en que el futuro debe construirse "manteniendo firmemente los acuerdos, la unidad nacional, la democracia y el espíritu participativo de la Constitución Nacional." Todavía bastante genérico.

Continuación: Cuando se habla en el comunicado de asuntos sustantivos…
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