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Cuando se habla en el comunicado de asuntos sustantivos, se refieren a los mecanismos que aseguren el éxito del proceso, acuerdos sobre empleo y política económica, y diálogo sobre acuerdos políticos. Nada sobre cambios en las reglas de juego de la sociedad.

En el campo insurgente, los consensos internos son aún más importantes, ya que es de máxima prioridad evitar conflictos dentro de la organización y la posible escisión de sectores descontentos. El resultado es que se tiendan a realizar sólo las concesiones que el más "duro" de los sectores internos esté dispuesto a admitir.

Pero otros dos tipos de factores están actuando, y lo que queda por determinar es su peso. El primero es el convencimiento de al menos los dos principales actores de que sus posiciones de negociación pueden mejorar en el relativamente corto plazo, el gobierno con la reorganización militar y el apoyo de Estados Unidos que mejora su capacidad de combate, y la guerrilla precipitando el fracaso de esos nuevos esfuerzos militares (que producirían seguramente la desmoralización en el otro campo) y explotando toda oportunidad por darle al enfrentamiento un sentido de "guerra de independencia."

El segundo factor es el mismo concepto de "equilibrio de poder" que maneja la guerrilla, y que incluye explícitamente las tendencias sociales y políticas. El alto desempleo y la crisis social que el Establecimiento no resuelve prometen mayor apoyo popular en el futuro, mientras la insurgencia trabaja en alejarse de la imagen comunista para consolidar la "Bolivariana"—reforzando de paso sus nexos con un gobierno venezolano que puede resultar muy importante en el balance futuro. La multiplicación de las milicias urbanas y el llamado Movimiento Bolivariano* permiten también multiplicar la presión social hacia adelante, y negociar con más posibilidades de obtener concesiones.

Si no hay incentivos para negociar realmente no habrá negociación, y eso es exactamente lo que sucede hoy, cuando la dinámica del conflicto está sólo en manos del Gobierno, la insurgencia—y cada vez más, para peor, de las "autodefensas."

Lo malo del Plan Colombia

Si lo primero que se necesita es una negociación planteada para que ambos contendores "ganen" y que se ocupe de resolver las incompatibilidades básicas, la verdadera falla del llamado Plan Colombia no estuvo en incluir o no helicópteros o en no reforzar lo suficiente el componente social, sino en no canalizar los recursos—y la atención—de la comunidad internacional que se espera lo financie hacia esas mismas áreas donde se encuentran las incompatibilidades, comenzando por las más obvias: mecanismos de toma de decisiones sociales, distribución de la tierra y el crecimiento del poder de las comunidades rurales.

Mil millones de dólares del Plan Colombia podrían financiar la reforma agraria más rápida, completa y efectiva en la historia del país. Una cantidad algo superior, orientada a infraestructura crítica en regiones aisladas, y combinada con esa reforma, concretaría oportunidades para el cambio de actividad de decenas de miles de campesinos cocaleros. Y de paso crearía nuevas realidades políticas, pues sólo hay que ver las series estadísticas para descubrir que las regiones con menor crecimiento histórico en el país tienden a ser la de mayor estancamiento político y a estar en manos de oligarquías locales—con su poder en gran parte sustentado por la posesión de la tierra.

Y la presión internacional—particularmente la de Estados Unidos, quien pone las armas—sería de gran utilidad para asegurar reformas políticas y económicas de fondo, como un régimen impositivo que le quite el atractivo al "engorde" de tierras improductivas y mecanismos para hacer más real el control sobre los elegidos. Gran parte del Establecimiento, en todos los sectores, está convencida de que esos cambios son necesarios, y el resto deberá convencerse en el camino. El sector agrario privado, hasta ahora la mayor víctima de la guerra, sabrá agradecer cambios estructurales que lo ayuden a desarrollar todo su potencial.

El énfasis en el desarrollo de microempresas y del sector cooperativo contribuiría también a mejorar la distribución del ingreso—y con ella la distribución del poder—en la sociedad colombiana. Tampoco estaría de más que Europa y Estados Unidos ayudasen a acelerar el paso hacia una economía que favorezca la propiedad pública—distribuida entre muchos accionistas—de las empresas de mayor tamaño. Todas estas no son sino formas de construir una sociedad con muchos más ciudadanos con capacidad efectiva de influir sobre el Estado, y donde a paz que se alcance sea más fácil de sostener.

Por ahora se prevé que los recursos "sociales" del Plan, en cambio, serán destinados a financiar obras que podrán beneficiar a poblaciones específicas, pero no contribuirán en conjunto a la superación del conflicto, pues no son parte de un conjunto y mucho menos de consensos mínimos de negociación.

Cambiando la dinámica del conflicto

Habrá un proceso consolidado pronto? Dentro de la dinámica actual, la respuesta es un sencillo NO. Tal vez incluso los actuales diálogos no terminen en un fracaso inapelable, sino que sirvan como parte de un proceso lento de preparación del clima y de identificación de las "incompatibilidades," para que la negociación comience muy lentamente y se vuelva en unos años más firme y exitosa. Pero por ahora no se ha construido nada que la maleza no pueda cubrir en poco tiempo.

Hoy son muy altas las posibilidades de que el proceso Gobierno-FARC, y el que está comenzando con el ELN, se tomen años sólo para empezar a hablar de lo que es decisivo en la mesa de negociación. Mientras tanto, la intensidad y la degradación del conflicto parecen destinadas a incrementarse, y con ellas el empobrecimiento del país.

Estado y guerrilla están aún muy distantes de modificaciones importantes en sus objetivos estratégicos, o siquiera de modificar la forma en que conducen la guerra. Y al mismo tiempo siguen reticentes a cualquier intervención internacional que no sea para acompañar los procesos—con un avance hacia la verificación en el caso del ELN.

Pero el profesor Bejarano enseñaba a sus alumnos que no tiene por qué ser así. La comunidad internacional y la sociedad civil colombiana pueden asumir roles más activos, ayudando a cambiar esa dinámica tan poco enfocada en lo central y de tanta lentitud en los resultados. Colombia necesita intervención internacional en su conflicto, pero no para apoyar a uno de los lados, o para acompañar el proceso, sino para ayudar a la sociedad civil colombiana—ella misma en peligro—a convertir los procesos de paz en negociaciones orientadas a buscar las oportunidades de construcción con beneficios conjuntos, abordando y resolviendo así las incompatibilidades básicas que tienen a los colombianos asesinándose.

En primera instancia podría pensarse que fuesen las Naciones Unidas las abanderadas de esa intervención, asumiendo una "mediación de alta intensidad" similar a la que desarrollaron en El Salvador, donde llegaron a replantear los planteamientos de las partes y presionarlas para que cediesen en ciertos puntos. De hecho, la ONU ya hizo presencia en el conflicto colombiano a través de un representante del Secretario General, quien a nombre de la Comunidad Internacional se encarga de tender puentes cuando las partes parecen imposibilitadas para ceder ante el contrario. Pero las Naciones Unidas aún no presionan para que la negociación salga de los temas laterales—no los de procedimiento, los laterales—y se oriente hacia los sustantivos.

Precisamente porque el proceso no está "a punto" como estaba en El Salvador, sino con al menos una de las partes sumamente desorientada y con ambas apostando al futuro, el rol que puede jugar la ONU en Colombia sin ser repelida es por ahora limitado. Se hace necesario complementarlo con otro tipo de intervención de fuerzas con capacidad de influir directa e inmediatamente sobre las partes, y esas fuerzas son Estados Unidos y Europa, de quienes dependen la viabilidad financiera del Establecimiento y gran parte del espacio político y las redes de apoyo de la guerrilla. Son esas fuerzas las que pueden acelerar la modificación de la conducción de la guerra, y más pronto que tarde su fin, convenciendo a las partes de que negociar ahora puede ser mejor que después. Y El Plan Colombia puede pasar de lo que es a una verdadera estrategia para el lanzamiento de una sociedad sostenible de postconflicto, la idea del Plan Marshall que tanto se ha manoseado en este país.

Se justifica que Estados Unidos se involucre en presionar a un país a rediseñarse para hacerse viable? Esta intervención puede parecer más contraindicada que la planteada hasta ahora—por resultar con dos enemistades en vez de una—pero al final de la Segunda Guerra Mundial se justificó, y con millones de vidas cercanas a la desesperanza esperamos que el embajador White—y muchas personas influyentes como él—estén de acuerdo en que en este caso también vale la pena.


*A mediados de los años ochenta, y como resultado de otro proceso de paz con el Gobierno de Belisario Betancur (1982-86), las FARC crearon un partido que sería su ala política, la Unión Patriótica, con el objetivo de ocupar espacios en la opinión pública, donde nunca han sido fuertes. Más de mil integrantes de ese partido fueron asesinados entre su creación y principios de los años 90, con la inmensa mayoría de los casos aún sin resolver. En 1999 las FARC crearon un nuevo brazo político, el Movimiento Bolivariano, con la diferencia de que esta vez el movimiento ha sido desde el principio clandestino. La identificación de las FARC como grupo "bolivariano" comenzó en la década pasada cuando bautizaron a sus milicias urbanas "Milicias Bolivarianas". Simón Bolívar fue el libertador de los países andinos desde Venezuela hasta Bolivia.

Hasta ahora se conoce de una sola concentración importante organizada por el Movimiento Bolivariano fuera de la zona desmilitarizada que concedió el Gobierno a las FARC al comenzar el actual proceso de paz. Alfonso Cano, el guerrillero que lo lidera, ha dicho que en el 2001 incrementarán su nivel de actividad.


Bibliografía y otras referencias

Jesús Antonio Bejarano, "La construcción de la paz: una aproximación desde la teoría de la resolución de conflictos", en "Una Agenda para la Paz", Tercer Mundo Editores, Santa Fe de Bogotá, 1995.

Hechos de Paz V, del Diálogo a la Negociación, Presidencia de la República de Colombia, Oficina del Alto Comisionado para la Paz, 1999.

Mancur Olson, The Logic of Collective Action, Harvard Univesity Press, Cambridge, 1971.

Agenda Común para la Superación del Conflicto Armado. Presidencia de la República de Colombia, Oficina del Alto Comisionado para la Paz, 1999.

Comunicado del Frente Común por la Paz y Contra la Violencia, El Espectador, 23 de noviembre de 2000, p. 3 A.



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