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American Diplomacy
Commentary and Analysis

September 2002

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The Brujas of Saipan

The author analyzes the economic problems of three important Latin American nations, with special reference to his native Argentina. Few, if any, specialists in these questions are better qualified to discuss them than Sr. Baldinelli, a former cabinet-level official and ambassador, now director of a major private-sector banking institute. (See also the English translation of the article in this issue of the journal.) Ed.

En el mundo existen hoy día, en lo que hace a la economía, motivos de preocupación en varios países: no van bien las cosas en aquellos más podorosos, como EE.UU., Alemania y Japón, pero además hay problemas serios en Sudamérica, sobre todo en la Argentina, Brasil y Uruguay.

El caso de estos tres países latinoamericanos preocupa debido a que sus problemas vienen a poner en duda la pertinencia de las políticas económicas que, tanto EE.UU. como los organismos internacionales de crédito han recomendado como las aptas para que salieran del estancamieno, la pobreza y la inequidad. Sin embargo debe reconocerse que la realidad latinamericana no es uniforme, siendo diferente la situación en cada uno de los tres países afectados por la crisis.

Son doce en el mundo los países con una deuda externa superior a los quince mil millones de dólares. De ellos Egipto es el que tiene una relación menos favorable para atenderla con el producido de sus ventas al exterior, pues aquí se necesitan seis años y medio de exportaciones para igualar la deuda externa. Le sigue la Argentina con algo más de cinco años y medio, Siria con algo más de cinco años, Brasil con casi cuatro años y medio y Perú con algo mas de cuatro años y medio. Luego viene el grupo de los países donde la deuda externa equivale a más de tres años, figurando Uruguay entre ellos.

Son muchos los indicadores que se utilizan para medir la situación de la economía de un país, pero para el caso que nos ocupa está relación entre deuda externa y exportaciones es muy adecuada, pudiendo decirse entonces que el país con problemas menos graves es el Uruguay seguido por Brasil y la Argentina.

Los problemas en el Uruguay

Montevideo
Montevideo
La relación entre deuda externa y exportaciones no justificaba que el Uruguay entrara en problemas pues, si bien el presupuesto de su govierno es deficitario al ser su endeudamiento externo moderado no había motivo para enfrentara una crisis. Por otra parte se trata de un país que siempre llevó adelante buenas políticas macroeconómicas y, sobre todo, donde su administración no padece del flagelo de la corrupción.

Sus dificultades tuvieron origen en el colapso de su vecino argentino y tomó la forma de una crisis bancaria debido a que su Banco Central cayó en el error do no actuar como prestamista de última instancia en el momento en que algunos bancos instalado en el país pero de capital extranjero - mayormente argentinos - entraron en dificultades. Cuando estos cayeron los depositantes argentinos, y también los locales, iniciaron una corrida que abarcó a todo el sistema financiero.

Si cuando cayó el primer banco el gobierno hubiera salido a defenderlo nada grave hubiera sucedido. Ahora, con la ayuda internacional, el Uruguay seguramente superará un problema que nunca debió haber tenido, pero habrá perdido por muchos años la posibilidad de captar depósitos del exterior, sobre todo de la vecina Argentina, pues en casos asi la recuperación de la confianza perdida toma muchos años.

La crisis en el Brasil
El caso brasileño es diferente ya que, como se vio más arriba, se trata de uno de los países del mundo más endeudados en relación a sus exportaciones. A esto hay que agregar que su economía esta estancada desde hace tres años y no ha encontrado aún el camino de regreso al crecimiento.

Rio de janiero
El origen de la crisis está en que allí hay en octubre de este año elecciones presidenciales y a que el candidato elegido por el presidente Fernando Henrique Cardoso se ubica muy por debajo de los dos de la izquierda. Los inversores están inquietos por este hecho, con lo que la cotización de la moneda cayó mientras subieron las tasas de interés.

En verdad el Brasil reemplazará a un presidente y a una administración muy eficientes por otros que no parece que lo vayan a ser tanto. Pero en la opinión de un funcionario del FMI el gobierno, de todos modos, cuenta con un equipo técnico idóneo y con un candidato a la presidencia - Lula - que parece cada día más confiable.

Por otra parte el Brasil cumplió rigurosamente con los acuerdos negociados con el FMI desde 1999 y, si bien muchos capitales salieron del país, en gran parte lo hicieron como pago de empresas locales a bancos extranjeros por líneas de crédito que normalmente deberían haber sido renovadas.

Además en este país no hay Estado imprimiendo bonos que circulen como dinero a la manera como lo hacen varias de las Provincias argentinas. Por otra allí se produce uno de los mejores aviones del mundo, tan bueno que los competidores de naciones más industrializados han tratado de sacarlo de competencia poniendo barreras aduaneras a su ingreso. Además hoy dia, y no como tres años y medio atrás, cuenta con un tipo de cambio flexible y una moneda subvaluada.

En los meses recientes mientras las olas originadas por el colapso de la Argentina se extendían a sus vecinos, los dirigentes en esta parte del mundo estaban exasperados por la aparente indiferencia en los países ricos frente al desplome de las monedas de la región y la declinante confianza financiera. Pero a principios del mes de agosto de este año repentinamente todo cambió, como que el FMI anunció un enorme nuevo crédito a favor del Brasil por u$s 30.000 millones a ser gradualmente desembolsado a lo largo de un año y medio. Días antes, el gobierno de EE.UU. le había adelantado al Uruguay u$s 1.500 millones como crédito de emergencia para mantener los bancos a flote.

La situación en la Argentina
El problema más grave está en la Argentina ya que, fuera de Egipto, tiene la peor relación en el mundo entre el monto de la deuda externa y las exportaciones anuales alcanzando a más de cinco años y medio. Además la economía está deprimida desde hace cuatro años.

Este alto endeudamiento y su consiguiente crisis económica tiene una raíz cultural. En la segunda mitad de siglo XIX cambios tecnológicos en los transportes terrestres y marítimos permitieron que la producción de granos y carnes de sus feraces pampas tuvieran acceso al mercado de varios países europeos, entonces incapaces de autoabastecerse de alimentos pero suficientemente ricos como para adquirirlos en el exterior. Esta coyuntura hizo que a principios del siglo XX la Argentina estuviera en la séptima posición del mundo en lo que hace al ingreso por habitante. También dio lugar en su población a la falsa idea de que la abundancia de los recursos naturales le aseguraban una prosperidad permanente independiente del esfuerzo de sus habitantes.

Buenos Aires
Buenos Aires
Pero nuevos cambios tecnológicos ocurridos luego de la segunda guerra mundial dieron lugar a un fuerte incremento de la producción agrícola como consecudencia de la utilización de agroquímicas (fertilizantes, insecticidas, plaguicidas). Estos cambios hicieron que a partir des esos años Europa no solo se autoabasteciera de alimentos sino que, mediante subsidios, volcara excedentes de cereales, lácteos y carnes al mercado internacional.

Estas nuevas circunstancias pusieron fin a la prosperidad económica argentina. Pero lo más grave fue que el país nunca asimiló sus consequencias esperando siempre que un día los subsidios serían prohibidos y los mercados nuevamente abiertos. A la espera del regreso de los viejos buenos tiempos no se propició la exportación de nuevos productos al punto que hoy solo el 32% de sus ventas al exterior están constituidas por manufacturas frente al 38% del Uruguay y el 54% de Brasil.

Por otra parte la comunidad argentina no se resignó a vivir conforme a sus menguadas posibilidades. Durante la década de los años ‘90 mantuvo un nivel de vida que dio lugar a un endeudamiento adicional por u$s 70.000 millones al tiempo que gastaba el contravalor de los ingresos por u$s 30.000 millones obtenidos por la venta de empresas del Estado. Así, con la desaparición de nuevos créditos del exterior llegó la crisis.

Pero el problema más grave por el que pasa la Nación no es el económico, sino que está vinculado con el colapso del funcionamiento de la Justicia y la creciente inseguridad ciudadana frente a la delincuencia común. Antes de la segunda guerra mundial la Argentina contaba con una adecuada legislación y una Justicia eficiente fuera de que, un tanto exageradamente, en la ciudad de Buenos Aires la población llamara a su policía la “mejor del mundo.”

Desde el primer gobierno de General Perón, todos los que le sucedieron cambiaron la composición de la Suprema Corte de Justicia, el nombramiento de jueces ha dejado mucho que desear, los juicios se resuelven con lentitud y en los últimos años cada vez con más frecuencia los gobiernos y el parlamento desconocen los contratos acordados entre partes.

El origen del preocupante avance de la delincuencia tiene que ver con cambios en la legislación penal. Esta era adecuada, pero las violaciones a los derechos humanos cometidos por las fuerzas de seguridad en su represión durante la década de los años ‘70 a la guerrilla dio pie a su modificación. Mientras tanto en los países escandinavos se desarrollaba una teoría según la cual la legislación penal atentaba contra la libertad individual, motivo por el cual se sostiene hay que reducir al mínimo su alcance. Holanda y Francia se embarcaron en las misma línea, pero retrocedieron cuando vieron que al no contar con índices de delincuencia tan bajos como los de los países escandinavos el control de los delitos se les iba de las manos. Es este el momento en el que tiene lugar la modificación de la legislación argentina y, debido a aquellas influencias europeas se opta por aprobar leyes cada vez más permisivas al punto de convertirnos en los discípulos más fieles de los maestros del norte.

Este fenómeno comenzó en el año 1984 y ha seguido profundizándose desde entonces. Por supuesto que el desempleo y la pobreza que llegó de la mano de la crisis no ha ayudado, pero todos estos factores han hecho que el nivel de criminalidiad del país, hace pocos años de nivel europeo, amenace con alcanzar a los peores de la región.

A todo esto hay que agregar dos problemas de índole económico. El primero resulta de que, la vieja tendencia de los ahorristas argentinos de colocar buena parte des sus fondos en el exterior, se ha profundizado como reacción ante las medidas tomadas por el gobierno para parar la corrida bancaria limitando el acceso a los depósitos bancarios. El otro se refiere a la persistente evasión impositiva. Se estima que ésta alcanza al 40% de los impuestos a las ganancias y al 30% del Impuesto al Valor Agregado. Así el gobierno argentino solo ha sido capaz de cobrar impuestos por un equivalente a solo el 15 % del PBI cuando Brasil lo hace por el 30%.

La magnitud de la crisis es amplia y profunda, pero ha habido hechos que permiten tener una visión optimista respecto del futuro del país. En primer lugar, si bien los acontecimientos derribaron a varios Jefes de Estado, la democracia sigue en pie y habrá elecciones para Presidente a comienzos de 2003. Los hechos de violencia ocurridos a fines del año 2000 han cesado sin que las fuerzas de seguridad se hayan visto obligadas al uso de una fuerza excesiva. Mientras tanto el gobierno otorga un pequeño subsidio mensual a las familias de desocupados, medida que ha atenuado las penurias para los más pobres.

Si bien la devaluación del peso se hizo en el peor momento político posible y fue torpemente manejada, puede reportar en el futuro varias ventajas por haberse abandonado la paridad con el dólar. De este modo se dan las condiciones para que, oportunamente, las exportaciones crezcan fuera de que, aunque no en los niveles de subvaluación tan extremos como en los que ahora está el peso, es seguro que habrá por muchos años un tipo de cambio favorable para la exportación por la simple razón de que no habrá ingresos de capitales, ni para inversiones directas ni de portafolio.

Una paridad cambiaria favorable que se mantenga por una década puede dar lugar a lo que la Argentina tanto necesita: una diversificación de sus exportaciones agregando a las de materias primas que hoy tiene otras de manufacturas diversas y de servicios.

En cuanto a la integración económica con EE.UU. y Europa en todos estos años existió la preocupación de que si la Argentina eliminaba para ellos los aranceles de importación mientras mantenía la relación cambiaria uno a uno con el dólar, algunos sectores productivos importantes podían enfrentar dificultades sin que el gobierno contara con instrumento alguno de defensa. Con el regreso a un tipo de cambio flexible será posible, en caso de necesidad, defender a aquellos sectores en peligro devaluando la moneda.

Desde ya nada de esto impedirá que la Argentina deba soportar largos años de recesión económica. Será la consequencia de haber perdido la confianza de los ahorristas locales, pero solo así podrá corregir los problemas que hasta ahora han limitado el desarrollo de su energía creadora. Es por todas estas razones que la crisis que hoy afecta a los tres países del cono sur del continente, unos antes y otros después, habrá de tener solución y todo parece indicar que sucederá sin daño para el orden democrático imperante.

El consenso de Washington
Hace una década el gobierno de EE.UU. aseguró a las naciones latinoamericanas que si abrían sus mercados a la competencia extranjera y al capital privado, desregulaban la economía, eliminaban los déficit fiscales, controlaban la inflación y privatizaban sus empresas estatales experimentarían un gran resurgimiento económico. Estas políticas no eran nada más que un intento de aplicar en esta parte del mundo lo que EE.UU. hizo con el Plan Marshall en Europa, después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero tales éxitos no se lograron como que la Argentina, Brasil y Uruguay están ahora en plena crisis. Mientras tanto México y Brasil, que eran vistos hasta hace unos meses como casos exitosos, muestran hoy ingresos per cápita sólo algo más altos que en 1980. En América Latina el crecimiento económico en la década de los años ‘90 fue, en conjunto, solo levemente mayor que la mitad del que hubo en el período anterior a las reformas y, lo que es más grave, cuando lo hubo sus frutos fueron a parar mayormente a manos de los ricos, mientras que muchos pobres vieron empeorada su situación.

Una consecuencia es que la izquierda está resurgiendo en Brasil y en otros lugares de la región y no debe sorprender que la gente en estos países esté hastiada de recibir más llamados a la austeridad y a la disciplina, como tampoco que los líderes latinamericanos moderen su entusiasmo por la libertad de mercado para poner más énfasis a la protección de los trabajadores y de los pobres.

No hay dudas que alguna responsabilidad de este fracaso pesa sobre los mismos gobiernos latinoamericanos. Tanto Brasil como el Uruguay y la Argentina han mantenido déficit fiscales muy importantes en la última década, los que no bajaron en promedio en el caso de la Argentina del 3% anual y del 5% en Brasil.

Sin embargo ha sucedido algo más. Las recetas del consenso están inspiradas en la creencia de que basta con aplicarlas estrictament en cualquier país para que pase de la pobreza a la abundancia, y no es así. Nadia puede pretender que aplicando a un país del Africa sub Sahara las políticas liberalizadoras se logre crecimiento y prosperiad. Por mucho que se abra el mercado y se llame a los inversores internacionales no surgirá, de un medio donde prevalece la ignorancia y la indisciplina, actividades productivas capaces de competir en los mercados externos. Si antes de aplicar estas recetas había desempleo, este será mayor luego de privatizar las empresas públicas.

Las recetas funcionan bien en países con poblaciones educadas y eficientes pero aún en los altamente industrializados son mantenidos subsidios y protecciones para sectores como la agricultura, los textiles, los aceros. Los países de América Latina no se encuentran en el extremo del Africa negra ni tampoco en el de los países desarrollados. Por eso las políticas liberalizadoras no produjeron los milagros que la mayor parte de los economistas predecían.

Un intercambio comercial internacional más libre no es suficiente para que la prosperidad económica extienda sus beneficios por igual a todas las naciones del globo. Los mejores frutos son recogidos por aquellas que logran una economía eficiente. A menos que en igual número de horas de trabajo se obtengan más bienes y servicios, no es posible esperar que en un país mejore el nivel de vida, y a esto se llama productividad.

Al terminar la guerra EE.UU. puso en marcha el Plan Marshall en favor de Europa. Los efectos que se obtuvieron con la inyección de recursos financieros no sólo fueron muy positivos sino rápidos. En pocos años, las economías de los diferentes países afectados por el conflicto estaban de nuevo de pie. Pero la clave de estos éxitos estuvo en que hubo algo que los bombardeos no habían destruido y que explica lo rápido de la recuperación, de Alemania y del Japón: el elevado nivel de educación de los asalariados, la tecnología necesaria y la actitud hacia el trabajo.

Desde comienzos de la década de los años ‘60 EE.UU. intentó algo similar respecto de América Latina, pero los resultados no tomaron un giro tan positivo. Varias cosas faltaron para que así fuera, pues en unos países más y en otros menos, el capital no basta cuando el nivel de educación es insuficiente.

Luego, en la década de los años ‘70, los países de este sub continente aceptaron enormes créditos de bancos y otras instituciones financieras. Por idénticas causas las consecuencias sólo se expresaron en un pesado endeudamiento que los países debieron soportar. El error estuvo en creer que bastaba con lograr medios para invertir en fábricas y equipos, cuando faltaban elementos menos tangibles. En Europa y el Japón estos elementos estaban, bastó con levantar talleres.

Todas estas experiencias aconsejan adecuar las recetas económicas que se ofrecen a la situación particular de cada país. Si a políticas menos rígidas se sumara una reducción de los aranceles en EE.UU. habría un beneficio político y económico enorme para la región. Equivaldría a una política de buen vecino para una nueva era y así habría menor necesidad de préstamos, tan pesados tanto para los que lo dan como para los que los reciben. La reciente autorización del Congreso al Presidente para negociar el ALCA es un paso correcto en esta dirección.

September 5, 2002


Ex Secretario de Estado de Comercio Exterior. Actualmente dirige en la Fundación Bank Boston el Instituto para el Desarrollo Sectorial de las Exportaciones Argentinas.

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