Alberto Fuguet y Sergio Gómez, eds.: McOndo (1996)
INTRODUCCIÓN: PRESENTACIÓN DEL PAÍS McONDO
Esta anécdota es real:
Un joven escritor latinoamericano obtiene una beca para participar
en el International Writer's Workshop de la Universidad de lowa, suerte
de hermano mayor cosmopolita del afamado Writer's Workshop de la misma
universidad, algo así como la más importante fabrica/taller
de nuevos escritores norteamericanos.
El escritor rápidamente se da cuenta que lo latino está
hot (como dicen allá) y que tanto el departamento de español
como los suplementos literarios yanquis están embalados con el tema.
En el cine del pueblo, Como agua para chocolate arrasa con la taquilla.
Para qué hablar de las estanterías de las librerías,
atestadas de «sabrosas» novelas escritas por gente cuyos apellidos
son indudablemente hispanos, aunque algunos incluso escriban en inglés.
Tal es la locura latina que el editor de una prestigiosa revista literarla
se da cuenta que, a cuadras de su oficina, en pleno campus, deambulan tres
jóvenes escritores latinoamericanos. El señor se presenta
y, sin mas ni mas ' establece un literary-lunch semanal en la cafetería
que mira el río. La idea, dice, es armar un número especial
de su prestigiosa revista literaria centrado en el fenómeno latino.
Los tres jóvenes (bueno, no tan jóvenes) quedan relativamente
extasiados. Se dan cuenta que, sin esfuerzo ni contacto alguno, van a ser
publicados en «America» y en inglés. Y sólo por
ser latinos, por escribir en español, por haber nacido en Latinoamérica,
ese «pueblo al sur de los Estados Unidos», como sentenció
el grupo rock Los Prisioneros.
Las cosas agarran prisa y el programa de escritores contacta a
gente del departamento de lenguas y arman un taller de traducción.
Antes que termine el semestre, los cuentos y trozos de novelas de los tres
latinos son entregados al ávido editor. Los otros partíciPantes
extranjeros, algunos bastante más establecidos y añosos que
los codiciados latín-boys, observan atónitos y asumen que
quizás el lugar es el adecuado pero el momento definitivamente no.
Adiós a los asiáticos y los centroeuropeos. WeIlcome all
híspanics.
Pues bien, el editor lee los textos hispanos y rechaza dos. Los que
desecha poseen el estigma de «carecer de realismo mágico».
Los dos marginados creen escuchar mal y juran entender que sus escritos
son poco verosímiles, que no se estructuran. Pero no, el rechazo
va por faltar al sagrado código del realismo mágico. El editor
despacha la polémica arguyendo que esos textos «bien pudieron
ser escritos en cualquier país del Primer Mundo».
Esta anécdota es, como dijimos, real, aunque los nombres y las
nacionalidades fueron omitidas para proteger a los inocentes. Creemos,
además, que ilustra el conmovedor grado de ingenuidad de ambas partes
interesadas.
Para dejar un registro histórico: ese día, en medio de
la planicie del medioeste, surgió McOndo. Su inspiración
más cercana es otro libro: Cuentos con Walkman (Santiago de Chile,
Planeta, 1993), una antología de nuevos escritores chilenos (todos
menores de 25 años) que irrumpió ante los lectores con la
fuerza de un recital punk. Ese libro, que ya lleva más de diez mil
ejemplares vendidos sólo en el territorio chileno, fue compilado
por nosotros dos a partir de los traba . os de los jóvenes que asistían
a los taj
lleres literarios que ofrecía la «Zona de Contacto»,
un suplemento literario-juvenil que aparece todos los viernes en el diario
El Mercurío de Santiago. Como dice la franja que anuncia la cuarta
edición, la moral walkinan es «una nueva generación
literaria que es post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo,
post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico,
hay realismo virtual».
David Toscana, representante de México en lowa, leyó
el libro y tuvo la idea de armar un Cuentos con Wa1kman internacional.
Aceptamos el desafio y decidimos, a diferencia del primero, incluirnos
en el libro. Quizás no hay excusas pero aquí estamos. Ya
que íbamos a estar detrás, por qué no adentro también.
Aunque por momentos sentimos que no íbamos a ninguna parte,
al final llegamos a la meta. Como todo libro que vale, McOndo es incompleto,
parcial y arbitrario. No representa sino a sus participantes y ni siquiera.
Es nuestra idea, nuestro volón. Sabemos que muchos leerán
este libro como una tratado generacional o como un manifiesto. No alcan
za para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones.
Como en todo acto creativo, lo más entretenido (y agotador)
fue coordinar y encontrar a los autores que cabían dentro del canon
preestablecido. El primer desafio de muchos fue conseguir una editorial
que confiara en nosotros, nos convidara infraestructura y redes de comunicación
y, por sobre todo, nos asegurara una distribución por toda Hispanoamérica
para así tratar de borrar las fronteras, que hicieron de esta antología
no sólo una recopilación sino un viaje de descubrimiento
y conquista. No fue fácil, puesto que tuvimos que atravesar una
maraña de burocracia y mala fe, además de erradas ideologías
de distribución, increíbles aranceles y simple desidia. En
todas las capitales latinoamericanas uno puede encontrar los best-sellers
del momento o autores traducidos en España, pero ni hablar de autores
iberoamericanos. Simplemente no llegan. No hay interés. PLecién
ahora algunas editoriales se están dando cuenta de que eso de escribir
en un mismo idioma aumenta el mercado y no lo reduce. Si uno es un escritor
latinoamericano y desea estar tanto en las librerías de Quito, La
Paz y San Juan hay que publicar (y Ojalá vivir) en Barcelona. Cruzar
la frontera implica atravesar el Atlántico.
Como e n toda antología que se precie de tal, la elección
de quienes participan en este libro es dudosa, antojadiza y teñida
del favoritismo que se le tiene a los amigos. En McOndo hay mucho de esto;
no podía ser de otra manera.
A pesar de las maravillas de la comunicación, el país
desde donde surge esta antología sigue estando entre el cerro y
el mar. La comunicación con el exterior, por lo tanto, fue dificil,
atrasada, escasa, y surgió a un ritmo más lento del que esperábamos.
Los contactos existían, pero más a nivel de amistad en países
como Argentina, España y México. El resto del continente
era territorio desconocido, virgen. No conocíamos a nadie. Llegamos
a pensar que América Latina era un invento de los departamentos
de español de las universidades norteamericanas. Salimos a conquistar
McOndo y sólo descubrimos Macondo. Estábamos en serios problemas.
Los árboles de la selva no nos dejaban ver la punta de los rascacielos.
No conocíamos siquiera un nombre en muchos de los países
convocados. Nos topamos con panoramas como que los libros de ciertas estrellas
literarias no estaban disponibles en el país fronterizo. Los suplementos
literarios de cada una de las capitales no tenían ni idea de quiénes
eran sus autores locales. Podíamos escribir en el mismo idioma,
tener la misma edad y las antenas conectadas, pero aun así no teníamos
idea quiénes éramos.
Cuando decidimos lanzar nuestras señales de humo recurrimos
a todo lo imaginable: armigos, enennigos, corresponsales extranjeros, editores,
periodistas, cnticos, rockeros en gira, auxiliares de vuelo, mochileros
que salían de vacaciones. Recurrimos al fax, al DHL, a la Internet.
Apostamos por el correo tradicional (estampillas con la cara de próceres
muertos) y el correo electrónico (bits, no átomos) y abusamos
del teléfono (usamos discado directo, cambiamos varias veces de
carrier dependiendo de las ofertas del mes y nos aprendimos todos los códigos
de los países).
Poco a poco, comenzó a aparecer eso que sabíamos que
existía, aunque estaba oculto en auto-publicaciones de segunda o
ediciones de pocos ejemplares. De alguna manera comprobamos que el fenómeno
editorial joven en Latinoamérica es irregular, a veces mezquino
y en la mayoría de los casos, sufrido. La mayoría de los
textos que recibimos eran ediciones feas, publicadas con esfuerzo y con
poca resonancia entre sus pares.
El criterio de selección entonces se centró en autores
con al menos una publicación existente y algo de reconocimiento
local. Esta opción algo severa descalificó a ciertos autores
y países de un brochazo. Exigimos, además, cuentos inéditos
o, al menos, inéditos en forma de libro. Podían versar sobre
cualquier cosa. Tal como se puede inferir, todo rastro de realismo mágico
fue castigado con el rechazo, algo así como una venganza de lo ocurrido
en lowa.
El gran tema de la identidad latinoamericana (¿quiénes
somos?) pareció dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién
soy?). Los cuentos de McOndo se centran en realidades individuales y privadas.
Suponemos que ésta es una de las herencias de la fiebre privatizadora
mundial. Nos arriesgamos a señalar esto último como un signo
de la literatura joven hispanoamericana, y una entrada para la lectura
de este libro. Pareciera, al releer estos cuentos, que estos escritores
se preocuparan menos de su contingencia pública y estuvieran retirados
desde hace tiempo a sus cuarteles personales. No son frescos sociales ni
sagas colectivas. Si hace unos años la disyuntiva del escritorioven
estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más
angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh.
La decisión final tuvo que ver con los gustos de los editores
y la editorial, además de las presiones de ciertos agentes literarios,
la cambiante geopolítica (nos tocó guerras y relaciones diplomáticas
tensas), el azar de los contactos y eso que se llama suerte.
Hay autores vagando por el continente y la península que tuvimos
que rechazar porque ya teníamos muchos representantes de ese país
(Argentina, México, España) o porque la demanda excedió
la oferta. Otros autores representativos están ausentes porque no
pudieron llegar a tiempo, estaban bloqueados o no tenían nada que
ofrecer. Existen, por cierto, muchos países que faltan y deberían
estar presentes. Hicimos lo posible. Reconocemos nuestra incapacidad. A
lo mejor sí debimos viajar por cada uno de los países pero
no tuvimos ni el presupuesto ni el tiempo. Quizás confiamos demasiado
en las embajadas y en los agregados culturales que, dicho sea de paso,
fueron incapaces de ayudarnos. Una embajada dijo que sólo había
poetas en su país (lo que resultó ser falso) y en otra nos
aseguraron que el autor más joven de su territorío era un
chico de 48 años que, para más remate, era inédito.
No nos cabe duda que cuando este libro se edite, vamos a encontrarnos
con la ingrata sorpresa de que un autor McOndíano está dando
mucho que hablar y ni siquiera sabíamos que existía. Son
los riesgos que uno corre. Casi todos los autores aquí incluidos
son absolutos desconocidos fuera de su país. Y muchos son apenas
conocidos en su propia casa. Así y todo, pensamos que la muestra
es grande, variada y comulga absolutamente con nuestro criterio de selección.
Sabemos que hay carencias y errores, pero también hay aciertos
y sorpresas. Estamos conscientes de la ausencia femenina en el libro. ¿Por
qué? Quizás esto se debe al desconocimiento de los editores
y a los pocos libros de escritoras hispanoamericanas que recibimos. De
todas maneras, dejamos constancia que en ningún momento pensamos
en la ley de las compensaciones sólo para no quedar mal con nadie.
Optamos por establecer una fecha de nacimiento para nuestros autores
que nos sirviera de colador y acotara una experiencia en común.
Nos decidimos por una fecha que fuera desde 1959 (que coincide con la siempre
recurrida revolución cubana) a 1962 (que en Chile y en otros países,
es el año en que llega la televisión). La mayoría,
sin embargo, nacieron algún tiempo después.
Otra cosa en que nos fijamos: todos los escritores recolectados han
publicado antes de los treinta con un relativo éxito. Han creado
polémicas, revueltas y exageraciones críticas con lo que
escriben.
Sobre el título de este volumen de cuentos no valen dobles interpretaciones.
Puede ser considerado una ironía irreverente al arcángel
San Gabriel, como también un merecido tributo. Más bien,
la idea del título tiene algo de llamado de atención a la
mirada que se tiene de lo latinoamericano. No desconocemos lo exótico
y varlopinto de la cultura y costumbres de nuestros países, pero
no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí
todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale
para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos
variados, y mucho más cercano al concepto de aldea global o mega
red.
El nombre (¿inarca-registrada?) McOndo es, claro, un chiste,
una sátira, una talla. Nuestro McOndo es tan latinoamericano y mágico
(exótico) como el Macondo real (que, a todo esto, no es real sino
virtual). Nuestro país McOndo es más grande, sobrepoblado
y Heno de contaminación, con autopistas, metro, Tv-cable y barriadas.
En McOndo hay McDonald's, computadores Mac y condominios, am¿n de
hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos.
En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que
en el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están
muy drogados. Latinoamérica, y de alguna manera Hispanoamérica
(España y todo el USA latino) nos parece tan realista mágico
(surrealista, loco, contradictorio, alucinante) como el país imaginario
donde la gente se eleva o predice el futuro y los hombres viven eternamente.
Acá los dictadores mueren y los desaparecidos no retornan. El clima
cambia, los ríos se salen, la tierra tiembla y don Francisco coloniza
nuestros inconscientes.
Existe un sector de la academia y de la intelligentsia ambulante que
quieren venderle al mundo no sólo un paraíso ecológico
(¿el smog de Santiago?) sino una tierra de paz (¿Bogotá?
¿Lima?). Los más ortodoxos creen que lo latinoamericano es
lo indígena, lo folklórico, lo izquierdista. Nuestros creadores
culturales sería gente que usa poncho y ojotas. Mercedes Sosa sería
latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido?
Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, julio
Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como
el candombe o el vallenato. Hispanoamérica está lleno de
material exótico para seguir bailando al son de «El cóndor
pasa» o «Ellas bailan solas» de Sting. Temerle a la cultura
bastarda es negar nuestro proplo mestizaje. Latinoamérica es el
teatro Colón de Buenos Aires y Machu Pichu, «Siempre en Domingo»
y Magneto, Soda Stereo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y
Cantinflas, el Festival de Vifia y el Festival de Cine de La Habana, es
Puig y Cortázar,
Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides
sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante
consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del
cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño
bolívaríano cumplido, más concreto y eficaz a la hora
de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales.
De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas
bananeras y Borges y el Comandante Marcos y la CNN en español y
el Nafta y Mercosur y la deuda externa y, por supuesto, Vargas Llosa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano
(más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no
funcionan) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
El trasfondo tras la ilusión del realismo mágico para
la exportación (que tiene mucho de cálculo) lo aclara el
poeta chileno Oscar Hal---in en una introducción a una antología
de cuentos ad-hoc:
Cuando en 1492 Cristóbal Colón desembarcó en tierras
de América fue recibido con gran alborozo y veneración por
los isleños, que creyeron ver en él a un enviado celestial.
Kealizados los ritos de posesión en nombre de Dios y de la corona
española, procedió a congraciarse con los indígenas,
repartiéndoles vidrios de colores para su solaz y deslumbramiento.
Casi quinientos años después, los descendientes de esos remotos
americanos decidieron retribuir la gentileza del Almirante y entregaron
al público internacional otros vidrios de colores para su solaz
y deslumbramiento: el realismo mágico. Es decir, ese tipo de relato
que transforma los prodigios y maravillas en fenómenos cotidianos
y que pone a la misma altura la levitación y el cepillado de dientes,
los viajes de ultratumba y las excursiones al campo.
Lo que nosotros queremos ofrecerle al público internacional
son cuentos distintos, más aterrizados si se quiere, de un grupo
de nuevos escritores hispanoamericanos que escriben en español,
pero que no se sienten representantes de alguna ideología y ni siquiera
de sus propios países. Aun así, son intrínsecamente
hispanoamericanos. Tienen ese prisma, esa forma de situarse en el mundo.
En estos cuentos hay más cepillado de dientes y excursiones
al campo (bueno, al departamento o al centro comercial) que levitaciones,
pero pensamos que se viaja igual.
Los autores incluidos en McOndo son, como ya lo hemos reiterado (y
lamentado) levemente conocidos en sus respectivos países. Esto tiene
su lado positivo puesto que no tienen una reputación internacional
que proteger. No sienten, como escribió el crítico David
Gallagher en el suplemento literario del TLs de Londres, Ja necesidad de
sumergirse en las aguas de lo políticamente-correcto. Puesto que
no tienen la ventaja de vivir afuera, dificilmente sabrían qué
elementos usar para escribir una novela políticamente correcta».
Es cierto que no todos los autores antologados viven dentro de sus
países (aunque muchos tienen la intención de regresar y pronto);
aun así, estos escritores han producido textos que fueron escritos
desde el interior para lectores internos. Como bien acota Gallagher, refiriéndose
específicamente al caso de Chile, «no le están escribiendo
a una galería internacional, por lo tanto, no tienen que mantener
el status-quo del estereotipo de cómo debe o no debe ser el retrato
(de Hispanoamérica) para la exportación».
España, en tanto, está presente porque nos sentimos muy
cercanos a ciertos escritores, películas y a una estética
que sale de la península que ahora es europea, pero que ya no es
la madre patria. Los textos españoles no poseen ni toros ni sevillanas
ni guerra civil, lo que es una bendición. Los nuevos autores espa
oles no sólo son parte de la hermandad cósmica sino son primos
muy cercanos, que a lo mejor pueden hablar raro (de hecho, todos hablan
raro y usan palabras y jergas particulares) pero están en la inisma
sintonía. La pregunta que inició la búsqueda de este
libro fue si estábamos en presencia de algo nuevo, de una nueva
literatura o de una nueva perspectiva para ver la literatura. Pregunta
que parece ser el afán de toda nueva horneada de escritores. Las
respuestas después de tener el libro terminado fueron sólo
dudas. Como es típico, lo más interesante, novedoso y original
no está en la primera línea del mercado y aún menos
entre el oficialismo literario.
El verdadero aflan de McOndo fue armar un red, ver si teníamos
pares y comprobar que no estábamos tan solos en esto. Lo otro era
tratar de ayudar a promocionar y dar a conocer a voces perdidas no por
antiguas o pasadas de moda, sino justamente por no responder a los cánones
establecidos y legitimados.
Comprobamos que cada escritor ha elegido el camino que más le
acomodaba, con los temas que consideraba más adecuados. ¿Trabajo
inútil entonces? Creemos que no: debajo de la heterogeneidad algo
parece unir a todos estos escritores, y a toda a una generación
de adultos recientes. El mundo se empequeñeció y compartimos
una cultura bastarda similar, que nos ha hermanado irremediablemente sin
buscarlo. Hemos crecido pegados a los mismos programas de la televisión,
admirado las mismas películas y leído todo lo que se merece
leer, en una sincronía digna de considerarse mágica. Todo
esto trae, evidentemente, una similar postura ante la literatura y el compartir
campos de referencias unificadores. Esta realidad no es gratuita. Capaz
que sea hasta mágica.
Alberto Fuguet y Sergio Gómez
Santiago de Chile, marzo de 1996
Martín Rejtman: "Mi estado físico" (Argentina)
Dejo el taller mecánico y abandono ahí
mi coche. Ya no me queda nada. Hay que tener coraje para hacer
algo así, dejar lo único que uno tiene. El perro lo regalé
cuando me mudé al departamento, que es alquilado, y mi novia me
dejó hace tres semanas por mi mejor amigo.
Cuando llego al departamento abro la agenda buscando
alguien a quien llamar para pasar la noche. Primero dudo, pero me
dejo vencer por mi debilidad y decido finalmente a mi ex-mejor amigo.
Seguramente está con mi ex-novia. Le pregunto si está
con ella. Me dice que no. NO nos vemos desde las peleas.
Quedamos en encontrarnos más tarde; le pido que me lleve el cassette
en el que graba las clases de gimnasia que pasan por cable. Mientras
hablamos me acuerdo que en mi bolsillo está el recibo que simboliza
mi coche. Lo saco y lo pongo en un portarretratos sobre la foto de
mi ex-novia.
Yo me preparo la cena, como lo mismo todos los días
desde que Laura me dejó: pescado al vapor con salsa de soja y arroz
integral. No bebo ningún líquido. Leí
que el líquido hace mal durante las comidas. A pesar de todo
siento que esta alimentación me enferma. Le falta sustancia,
algo que cortar con un cuchillo y después morder. Me estoy
dejando morir al no hacer trabajar mi estómago.
Mi ex-mejor amigo se llama Leandro. Nos encontramos
en una video bar de Flores. Eso es lo que él quiere y yo soy
el que está solo. Lo primero que hace es darme el video cassette
con las clases de gimnasia. Después me cuenta sobre su nuevo trabajo
y sobre las películas que vio en el cine. Habla él todo el
tiempo y no me animo a preguntarle por Laura, aunque siento curiosidad
por saber si todavía estánjuntos.
En los monitores del video bar pasan tenias de Genesis y Dire Straits,
los dos grupos que más odio en el mundo, y como estoy a punto de
vomitar, le digo a Leandro que preferiría ir a un Mac Donald's.
Leandro se sorprende. «Se dice que te hiciste vegetariano.»
Al principio la idea no le gusta en lo más mínimo, pero se
convence cuando el mozo le dice que lo único que sirven es pizza
de mozzarella y anchoas. Leandro odia las anchoas desde el verano en que
nos fuimos juntos de campamento y escalamos un cerro. Habíamos llevado
sólo latas de anchoas y tabletas de chocolate. Terim*namos los cuatro
vomitando. Leandro ya no puede ver las anchoas; yo odio el chocolate.
En el Mac Donald's me pido un sundae de frutilla. Leandro pide un Big
Mac y un Mac Clilken y pone la hamburguesa de pollo adentro del Big Mac.
Yo, voraz como me encuentro, pienso que cuando vuelva del baño me
voy a comer el pan que dejó Leandro.
En el baño del Mac Donald's hay una chica que me habla. Creo
por un segundo que me equivoqué de puerta. Pero no, estoy bien.
Sin justificarse ella me cuenta una historia muy rara. Me dice: «La
última vez que vi a mi novio fue en este Mac Donald's, hace un mes.
Vinimos a cenar y rmientras yo fui a comprar la comida, él se metió
en este baño; no lo vi salir nunca más». Le pregunto
si lo vio entrar. «Sí», me dice. «Pero no salió.
No tengo su teléfono ni sé dónde vive. Nos conocimos
en una discoteca y después él siempre me llamaba y nos veíamos
en la calle o en mi casa.»
Al baño entra un empleado de limpieza. Como todos los demás
empleados, usa gorro con visera y nos mira con mala cara; los baños
no son un lugar para perder el tiempo. Hago como que me lavo las manos
pero la chica no hace nada.
Le digo que se siente con nosotros; desde nuestra mesa se puede vigilar
la puerta del baño de hombres. Se la presento a Leandro, que la
mira con sus ojos de siempre. Ella dice: «Permiso», en lugar
de «Hola», y se come el pan de la hamburguesa de Leandro. YO
la miro con avidez, en mi cabeza había reservado ese pan para mí.
La chica se llama Lisa, vive sola a cuatro cuadras del Mac Donald's y nos
invita a ver un video a su casa. Yo digo que prefiero ir a una discoteca.
Leandro me mira como si estuviera loco; me dice que creía que las
discotecas eran algo que ya habíamos superado. Lisa comenta que
su hermano trabaja de barman en una que queda sobre Rivadavia. Cuando nos
vamos del Mac Donald's veo un cartel con una foto enorme del hombre de
limpieza que nos echó del baño a Lisa y a mí: es el
empleado del mes. Miro mi reloj y veo que todavía es muy temprano,
apenas las doce.
En la discoteca nos dejan entrar sin pagar y el hermano de Lisa nos
da whiskies gratis. Yo me tomo cinco, Lisa dos, Leandro siete. Después
vamos a lo de Leandro y fumamos marihuana hasta quedar mareados. Busco
por toda la casa fotos de Laura pero no encuentro; ni siquiera una. Abro
todos los cajones: no hay ropa suya. Escucho que Leandro y Lisa hablan
de cosas íntimas. Lisa le cuenta la historia de su novio y le muestra
una foto que tiene en la billetera. Leandro lo reconoce: es Aníbal,
un chico con el que jugábamos al futbol.
-Ése no es Aníbal -digo.
-Sí, es Aníbal -dice Lisa.
-Tengo su número -dice Leandro.
Leandro y yo decidimos llamar a Aníbal por teléfono.
Lisa dice, «Llamen si quieren; estoy segura de que no va a estar
en la casa».
Atiende Aníbal, con voz de dormido. Leandro le pasa el teléfono
a Lisa. Lisa se queda helada; no abre la boca. Me dan ganas de besarla.
Quedamos en volver a encontrarnos los tres el sábado a la noche.
Hacemos una cita en Rivadavia y José María Moreno. Caballito.
Yo vengo de cenar con mis padres en un restaurante de Parque Centenario
que se llama Los Chanchitos. Tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos
para conseguir mesa y mi papa discutió por el turno con una mujer
que venía con sus dos hijas.
Mis padres pidieron una parrillada para cuatro con la esperanza
de que yo también picara algo, pero tuvieron que comérsela
entre los dos. Yo pedí una provoleta con ensalada. No usé
el cuchillo en toda la cena.
En la esquina de Rivadavia y José María Moreno Lisa me
espera. Mira la vidriera de un negocio de ropa. Está vestida igual
que la vez pasada. La iniro desde la vereda de enfrente y pienso que no
se parece en nada a Laura. Me dice que no va más al Mac Donald's,
pero que ayer se lo volvió a encontrar a Aníbal en el cine.
Fue a ver La leccíón de piatio; le pareció horrible,
casi voinita. Aníbal estaba sentado Justo adelante suyo. En el momento
en que a la protagonista le cortan el dedo, Aníbal se dio vuelta
horrorizado y la vio a ella, que no tenía los OJ*os en la pantalla
sino en su nuca. Aníbal le dijo «Hola». Lisa creyó
que era un fantasma y sintió el impulso de cortarse un dedo. El
cine no estaba muy lleno y le pareció que corría sangre por
los pasillos de la sala. Aníbal estaba con un ainigo y Lisa con
Leandro.
Leandro no viene a la cita y Lisa y yo vamos a un pub con luces de
color naranja. Toniamos cerveza los dos, hablamos de inúsica y pintura.
Yo soy pintor y mi ex-novia es inúsica. Lisa recién ternima
la secundaría y todavía es egresada. Me pregunta qué
pinto. Le digo que soy conceptual. Ya no me pregunta más nada. La
aconipaño a la casa. Vive justo en el límite entre Caballito
y Flores, sola, en una casa antigua, que parece llena de fantasmas. Lisa
cierra la puerta y yo me quedo pensando: me doy cuenta de que a veces ella
habla como si estuviera loca, dice cosas que no me gustan, pero en esos
momentos yo trato de no prestar atención.
Vuelvo a casa. Me duermo pensando en Lisa, que se hace transparente.
Tocan el timbre. Yo estoy en medio de mi sesión de gimnasia.
Pongo pausa y corro a abrir, porque intuyo que es Laura. Un tipo de sobretodo,
traje y cara grande me entrega un sobre.
-Tomá, mirálo, paso a buscarlo mañana a la mañana.
Lo abro, agitado. Veo que es de una obra social.
-Dejá gracias, ya tengo -le devuelvo el sobre.
-¿Qu¿ obra social tenés?
-Programa de Salud.
-¡Prograama de Saaluud! -grita, y su cara se hace el triple de
grande.
-,Qué, qué te pasa? -le pregunto desafiante, y le cierro
la puerta. El tipo inete el pie justo a tiempo y ii-le vuelve a pasar el
sobre.
-Mirálo y coinpará.
-No lo quiero.
-Sin compromiso.
-Andáte o llamo a la policía.
Enipujo la puerta con todas mis fuerzas y le agarro el pie. El honibre
grita. Yo sigo haciendo presión.
-¿Te vas a ir?
-Sin -me dice el hombre. Ahora su cara se achica hasta casi parecer
normal.
Lo dejo ir, rebobino el cassette, y sigo con mis ejercicios.
Después de la gimnasia me siento más fuerte y decido
pasar por la puerta de la casa de Laura. Camino con paso rápido
y miro de reojo la ventana con las cortinas corridas. Llego a la esquina,
compro golosinas en el quiosco y cruzo la calle. Vuelvo a pasar por la
puerta, esta vez de la vereda de enfrente. Me quedo un par de iiiinutos
parado a una distancia prudente. Entro a un supermercado coreano pero no
compro nada. Doy una vuelta a la ManZaria.
Después de un rato la veo a la madre que viene caminando y hace
coino que no me conoce. Entra a la casa y enseguida sale la heriviana de
Laura con una amiga. Me ven parado en la vereda de enfrente y me dicen
«Hola», y mientras se alejan se dan vuelta varias veces a mirarme.
En la esquina se quedan charlando un rato y todavía me miran. Camino
hasta donde están ellas. Me vuelven a decir «Hola».
Me quedo ahí. Las miro; hablan de cosas del colegio. La amiga de
la hermana de Laura de pronto me pregunta si tengo fuego. Saco el encendedor
y le digo que sí. Busca cigarrillos en la cartera pero no encuentra.
La mira a la hermana de Laura, que con un gesto le hace entender que ella
tampoco tiene. En ese momento Laura estaciona su motito al lado nuestro.
Parece enojada conmigo. Su hermana y la amiga nos miden con la mirada;
están a punto de sonreír. Laura me dice que si quiero la
puedo acompañar a la casa. Entramos y me ofrece café. «Por
mí no te molestes», le digo. «Hay hecho, lo tengo que
calentar.» «Dámelo así frío, como está.»
«Como quieras. »
Laura me dice que tiene que hacer escalas y que podemos charlar mientras
ella practica. Enseña música en dos colegios y quiere ser
concertista de plano. Pidió una beca para estudiar en Alemania;
está esperando los resultados.
Pone la tacita de café frío en una bandejajunto con una
azucarera y unos amarettis y vamos al living. Ella se sienta al piano y
me cuenta que su hermana decidió que va a estudiar psicología.
Ya hizo varias lecturas. Incluso escribió un artículo y lo
mandó a una revista que se llama Zona Erógena. «¿Y
tu mamá qué dice?», le pregunto. «Ya está
resignada. Una hija pianista y la otra psicóloga. Yo la consuelo
diciéndole que somos mujeres.»
Entra el padre de Laura. Viene del traba . o. «Hoola, ¿cómo
estás, resucitado?», me dice. «No seas cínico»,
le dice Laura.
La miro a Laura con odio y le contesto a su padre que estoy bien.
El padre de Laura saca un cigarrillo, no me ofrece, y me pide fuego.
Laura sigue haciendo escalas. Yo todavía no junté coraje
para preguntarle por Leandro; sigo sin saber si siguen juntos y las escalas
de Laura ya me están volviendo loco. Me acuerdo que ésa era
la parte más molesta de nuestra relación, la conversación
con escalas. Le digo a Laura que ya me tengo que ir, me despido de su padre
y dejo saludos para la madre y la hermana.
Voy a lo de Lisa. Está haciendo gimnasia. Leandro le pasó
un cassette. Lisa me mira en su malla de baile. Me invita a hacer gimnasia
con ella. Le digo que no tengo ropa de deportes. Me trae unos shorts de
Aníbal, son justo mi medida. Los reconozco; son los que usaba para
jugar al fútbol. Cuando vamos por la segunda serie de flexiones
de pierna me doy cuenta de que esa serie ya la hice, es la clase anterior.
Eso me perturba. Puedo notar las repeticiones del trainer cuando dice,
«y uno y dos arriba hop». Es la inisina secuencia, el mismo
intervalo entre una flexión y otra. El problema no es tanto el tiempo
que se repite sino que yo me di cuenta y ahora estoy demasiado pendiente.
Cuando estamos por terminar con los abdominales le digo a Lisa que
no puedo más. Ese video me vuelve loco. Ella acepta apagar la máquina
pero me advierte que nos faltan las elongaciones, y para no quedarnos los
dos tan tensos, enciende un cigarrillo de marihuana.
A la noche, en casa, me doy cuenta de que hice dos sesiones de gimnasia
en un solo día. Tengo los músculos tan duros que me doy golpes
con el martillo de aplastar milanesas y no siento nada. Cuando apoyo el
martillo sobre la mesa, miro de reojo el teléfono un segundo antes
de que empiece a sonar. Estoy seguro de que es mi madre. «Hola»,
digo. Es ella; quiere que vaya a cenar porque viene una amiga de la familia
que yo no conozco.
-Si no la conozco no hace falta que vaya -le digo.
-No podés hacernos esto. Sos lo único que tenemos.
Mi madre preparó albóndigas de primer plato y después
bifes de hígado con ajo y cebollas y arroz blanco. Yo como sólo
las cebollas saltadas en vino blanco y apenas pruebo el arroz. A pesar
de que me muero por morder un pedazo de carne estoy decidido a no darles
el gusto.
Al final resulta que la amiga de la familia tiene una hija que tiene
un novio que quiere ser pintor y quiere conocerme. Vio mi última
muestra y, dice, lo que hago le parece «interesante». Habla
muy poco y su novia me pregunta por un buen taller para él. Tengo
ganas de mandarlo al taller mecánico adonde dejé mi auto.
«No quiero algo académico, yo con modelo vivo ya trabajé»,
dice por fin. Le digo de buena manera que estoy muy desconectado con todo
ese medio. Los tres invitados me miran incrédulos. «Además,
yo soy conceptual», me defiendo. Y repito sin parar: «Soy conceptual,
soy conceptual, soy conceptual», hasta que me levanto de la mesa
y me encierro en el cuarto de mis padres a mirar televisión. Cambio
los canales con el control remoto de la video cassetera pero a pesar de
que tienen cable no hay nada; sólo películas dobladas. Aprieto
el botón de play para ver si hay algún cassette puesto y
aparece mi trainer favorito en medio de una sesión de elongaciones.
Apago la máquina horrorizado en el mismo momento en que entra mi
padre para pedirme por favor que vuelva a la mesa.
Lisa desaparece. En realidad no desaparece: falta a una cita, no me
vuelve a llamar, y cuando toco el timbre en su casa, o llamo por teléfono,
nadie contesta. La busco por Caballito, Primera junta y Flores. Camino
por todo el Oeste como si la ciudad fuera un pueblo fantasma. Al 300 de
la calle Campichuelo veo la motito de Laura atada a un árbol; sé
que en esa misma cuadra vive una de sus alumnas particulares de piano porque
varias veces la pasé a buscar para ir al cine. Me imagino que de
pronto aparece la alumna de Laura del brazo de su madre. Me presenta como
el novio de la profesora de plano. La madre me invita a tomar el té
y yo no puedo negarme. El departamento está decorado a la francesa,
con pisos de roble lustrado y resbaladizo. Cuando la madre me trae el té,
la chica anuncia que va a tocar el primer movimiento de la sonata en do
menor de Schubert. Se sienta en el banquito, abre el piano, y antes de
empezar a tocar me mira y dice, con la pronunciación y el énfasis
más correctos: «Allegro». Pero la chica toca tan lento
que me dan ganas de ponerme a llorar. En ese momento me doy cuenta de que
la motito que estuve rruírando todo este tiempo es amarillo de cadmio,
mientras que la de Laura es azul cobalto. «Su hija tiene un talento
increíble», me imagino que le digo a la señora, y sigo
mi camino.
No voy a llamar a Leandro, pienso, mientras espero que termine de cocinarse
mi pescado al vapor, no voy a dejarme vencer otra vez por mi debilidad.
Un rato más tarde suena el teléfono y quedamos en vernos
directamente en el Mac Donald's, sin pasar antes por el video bar. En la
cola de la caja alguien me toca la espalda: es Aníbal. Nos saluda
a Leandro y a mí con más efusividad que nosotros a él.
Hay bastantes personas adelante de nosotros y le digo a Leandro que nie
pida papas fritas y un milk shake de vainilla mientras voy al baño.
Entro directamente al de mujeres; Lisa no está. Me doy cuenta de
que tendría que haber entrado al de hombres, pero ya no quiero buscarla,
no quiero encontrarla ahí adentro.
Aníbal pasa toda la noche con nosotros y no encuentro el moinento
de preguntarle a Leandro si sabe algo de Lisa. Tampoco puedo decirle a
Aníbal que hace unos días usé sus shorcitos. Apenas
puedo devolverle a Leandro el video cassette de las clases de gimnasia.
El me agradece; dice que ya lo tenía pedido.
Cuando vuelvo al taller mecánico a buscar el auto me doy cuenta
de que me olvidé el recibo en el portarretratos, cubriendo la foto
de Laura, pero el mecánico me entrega el coche igual. «Es
un papelito sin ningún valor.»
Doy vueltas por la ciudad; paso por delante de la casa de Lisa. Decido
hacer el último intento, bajo y toco timbre. Me abre Lisa y me pregunta
si quiero pasar. Le contesto si no prefiere dar una vuelta.
Estamos llegando al río cuando le digo:
-Cuando tu novio entró al baño del Mac Donald's tendrías
que haberle pedido un papelito.
-¿Qué?
-Un recibo.
Bajamos del auto y nos sentamos sobre la baranda a mirar el río.
Pronto siento que se me ablandan los hombros. Todo cambia de color; es
el atardecer. Antes de que pase más nada, siento la obligación
de advertirle a Lisa:
-Lo único que tengo es un coche. Mi novia me dejó por
mi mejor amigo y el departamento en el que vivo es alquilado.
De a poco se hace de noche y empiezo a tener hambre.
Santiago Gamboa: "La vida está llena de cosas así" (Colombia)
Hay tardes así, llenas de sol y viento, y a uno le dan ganas
de que la vida comience otra vez como una página en blanco, sin
que nada del pasado venga a mancharnos esa franja de tiempo feliz. Es bueno
saber que hay tardes en las que se pueden dejar los juegos de mesa para
después y salir a dar una vuelta por la Quince, ir al Uniclam a
tomar una leche malteada con las amigas y comentar la fiesta del viernes,
mirar las vitrinas con pereza y escándalo, ir al club a ver si Carlos
está en la cancha de golfito o tomar algo en el Limmer's, a ver
si ya trajeron ese famoso juego de sapo electrónico que tanto anuncian.
Clarita esperó a que la empleada abriera la puerta del garaje
para encender el Alpine.
-Gracias, Hortensia. Dígale a mis papás que voy a la
casa de Tita y que más tarde los alcanzo en el club.
-Sí señorita.
Avanzó hasta la esquina sintiendo el viento en los antebrazos
tostados por las tardes de sol en la terraza y, de pronto, recordó
la noche pasada con Carlos: cine en el Astor Plaza por la tarde, luego
comida deliciosa en El Rancho y en la madrugada cama en el Estadero del
Norte. Las tres C, como decían con su prima muertas de risa. Estaba
enamorada pero sus amigas tenían razón: Carlos era un poco
vulgar. Pero la excitaba, todavía tenía adentro su olor.
Dobló otra vez a la derecha para bajar la cuesta de Santa
Ana hasta la Séptima y vio pasar en moto a Freddy llevando detrás
al perro de los Zubiría, haciéndolo saltar las bardas de
la residencia y pisoteando las flores que, dos veces al día, las
domésticas regaban con manguera y podaban con tijeras de mango azul
compradas en Bima.
El hombrecito en bicicleta vino de la calle de enfrente. Llevaba una
cortadora de pasto en la parrilla y dos rastrillos amarrados con piola
al marco. Clarita aceleró por la cuesta mirando a Freddy y no vio
al intruso hasta sentir el golpe en el capó y el bulto que caía
por delante. Pegó un grito, frenó en seco y el motor se detuvo.
-¡Pilas, so imbécil!
Encendió otra vez el Alpine dispuesta a seguir pero vio que
el hombre no se levantaba. Entonces miró el reloj pensando que aún
quedaba tiempo, maldijo, estacionó y fue a mirar el cuerpo tendido
en el asfalto. En la otra esquina el Mercedes del papá de Freddy
pasó sin detenerse y ella alcanzó a ver el pañuelo
de seda del congresista y su brazo velludo en la ventana. Ella lo conocía,
sabía que por ser sábado salía del club sin escolta.
-¿Le pasó algo? -Clarita se animó a tocar al extraño
con el dedo, pero no hubo respuesta.
Le dio la vuelta, lo miró por todas partes intentando despertarlo
pero vio que era inútil. Ya estaba por entrar a la casa de los Dussan
cuando lo vio abrir los ojos.
-Oiga... ¿Me oye? ¿Le pasó algo?
El hombre la miraba sin parpadear, pero no habló. Entonces Clarita,
muerta de pánico, le dijo venga, deje su bicicleta aquí y
súbase al Alpine, lo llevo a un hospital. Le abrió la puerta
y, angustiada, lo ayudó a acomodarse en el puesto del copiloto.
¿Dónde había un hospital aquí cerca? Ah,
sí, se dijo, el Centro Médico de los Andes. Fue para allá
y, mientras avanzaba hacia Usaquén, vio que el horribre temblaba.
-¿Se siente mal...? Ya vamos a llegar.
Estaba tan asustada que ni cuenta se dio de que habría podido
timbrar en la casa de los Parra y pedirle a Ernesto que la acompañara,
pero tuvo miedo de que fuera grave, de que hubiera algún problema.
Por eso hizo todo al revés y después pasó lo que pasó.
«Nunca me había pasado algo así, doctor, se lo juro»,
diría más tarde, «hacía apenas cuatro meses
que tenía el pase y sólo manejaba de mi casa al club. Bueno,
de vez en cuando a Unicentro acompañando a mamá a hacer compras
o yendo a ver alguna película a los Cinemas».
Al llegar a la clínica se bajó y fue corriendo a la recepción.
-Es un caso urgente... Está en el carro.
-¿Qué tiene? -preguntó un enfermero.
-Hubo un accidente... -no sabía qué decir, ¿para
qué hablaba? En cuanto lo internaran llamaría a su papá
para que se hiciera cargo.
Mordiéndose las uñas, entró al hospital detrás
de la camilla.
-¿La señorita es la responsable? -preguntó la
jefa de enfermeras.
-Eh... Sí, sí. ¿Por qué?
iene ' do
-Porque el señor, que está en estado de choc, no ti ni
cumentos ni medios para entrar al hospital. ¿Me permite una tarjeta
de cr¿dito?
Pensó en la American Express, pero sólo la metía
en la billetera para los viajes.
-No tengo aquí, pero vayan atendiéndolo mientras la traigo.
-Imposible, señorita. Sin eso no podemos recibirlo.
-¿Y entoríces...?
Le vinieron lágrimas, no pudo más y le contó todo
a la enfermeta. Desde el principio.
-Yo no lo vi venir, fue culpa de él...
La enfermera miró al hombre. Le levantó la cara y vio
que apretaba los dientes, que tenía un leve temblor en la quijada.
-Este señor tiene epilepsia -le dijo a Clarita-. Lo que le pasa
no tiene nada que ver con el accidente que usted me está contando.
-Sí pero... ¿Qué hago?
-Vaya al dispensarlo de salud de Usaquén, o si no llévelo
al Hospital San Juan de Dios. Ahí puede entrar por urgencias sin
problemas. Pero le doy un consejo, señorita: déjelo rápido
en algún lado y váyase para su casa.
Clarita pidió prestado el teléfono para llamar al
papá.
-¿El doctor Montero? Sí, un momento lo mando buscar...
-le
dijo un empleado del club.
Esperó dos segundos pero notó que el cuerpo del hombre
seguía temblando. Entonces un enfermero vino y le dijo:
-Si no lo va a internar, señorita, haga el favor de llevárselo.
Este señor va a tener un ataque de epilepsia.
Colgó afanadísinia sin poder hablar con el papá,
pensando que lo llamaría en otro inoinento. Luego la ayudaron a
subirlo al carro y ella estuvo a punto de gritar. ¿Qué hacer?
Fue volando a Usaquén, preguntó por el dispensarlo de salud
pero le dijeron que era sábado, que hasta las cinco no había
turno. Entonces pensó: ¿dónde quedaba ese tal San
Juan de Dios? Un celador del Banco de Colombia le dijo:
-En la Décima con Primera. Pero apúrese, ese señor
tiene muy mala cara.
El corazón se le iba a salir del pecho. Esa dirección
quedaba al otro lado de Bogotá.
El hombre, sostenido por el cinturón de seguridad, resbaló
sobre el vidrio sin abrir los Oíos. Clarita vio su cuello tenso,
las venas inflamadas y un constante temblor en la quijada.
-¿Voy por la Séptima hacia el sur?
-Sí -dijo el celador-. Y en la 26 sigue por la Décima,
derecho. Es fácil, si se pierde cualquiera le indica.
Subió a la Séptima pensando: ¿por qué me
pasarán a mí estas cosas? No podía dejarlo tirado
en un andén, pero a fin de cuentas no había sido culpa suya.
Hasta la enfermera lo dijo. Pensó en parar a llamar al club en el
semáforo de Santa Bárbara, pero luego se dijo que lo mejor
era llegar al San Juan de Dios lo más rápido posible, dejarlo
y llamar al papá.
Sin saber lo que hacía, Clarita perdió la última
oportunidad de evitar lo que más adelante sólo el tiempo,
un traslado definitivo a Boston, la tranquilidad y el psicoanálisis
podrían curar.
«Hay una cosa que no le he dicho, doctor: cuando niña,
en la finca de mis abuelos, enterré vivo a un patico. No fue por
maldad, se lo juro, sólo porque me gustaba verlo salir de la tierra.
Salía y yo lo volvía a enterrar, haciendo un hueco cada vez
más hondo. Pero de pronto no salió más y yo comencé
a escarbar asustada hasta que lo saqué, ya muerto. Por la tarde
todo el mundo preguntaba por el patico y yo temblaba de miedo, callada,
y cuando me preguntaron si lo había visto dije que no, que tan raro,
que debía haberse perdido. Fíjese, usted es la primera persona
a la que se lo cuento.»
Al pasar la Avenida Chile la quijada del hombre comenzó a teinblar
con más fuerza aunque sin niover el cuerpo. Su cabeza golpeaba contra
el vidrio y una gota de saliva le escurría de la boca.
Clarita aceleró: si le daba el ataque de epilepsia en el carro
sería muy peligroso. Daría patadas, manoteos, a lo inejor
hasta la hacía chocar.
El reloj de la Avenida Chile, esquina Carrera Séptima, daba
las 3 de la tarde. Había un tráfico moderado y el sol continuaba
calentando el aire.
«Yo me sentía segura, sentía que podía hacerlo.
Por eso fui. Ya le expliqué que era un día de sol lindo,
doctor, que la noche anterior había tenido relaciones con un joven
al que frecuentaba y que más tarde tenía una fiesta sport
en el Club. Todo eso influyó. Además era sábado, no
era época de exámenes y pensaba ir a donde Tita, una amiga,
y contarle lo de Carlos, a ver si me ayudaba a tomar una decisión
sobre él. Pero claro, mientras iba hacia el sur por la Séptima
yo no pensaba en eso, tan angustiada estaba.»
Pasada la 67 una nube tapó el sol y Clarita sintió frío
en los brazos. ¿Dónde había puesto el suéter?
Recién ahí se dio cuenta: lo había dejado en el Centro
Médico. Tonta. Antes de ir al club iría a la casa a cambiarse.
Desde allá llamaría a Tita para que salicran juntas.
El hombre pareció estabilizarse en ese ligero temblor y Clarita
volvió a preguntarle:
-¿Me oye? ¿Se siente mejor? -Pero nada, no había
respuesta.
Al menos con los semáforos tuvo suerte: a partir del Carulla
de la 60 todos en verde hasta la calle 26. Al doblar hacia la Décima
por el edificio de Bavarla y pasar los puentes sintió un poquito
de rniedo.
«Yo había estado dos veces por esa zona yendo al
Salón ROJO del Hotel Tequendama, pero de ahí para allá
nunca. Ni siquiera la Catedral o el Palacio de justicia. Los conocía
de haberlos visto en televisión.»
Los edificios se oscurecieron, la calle se hizo más estrecha
y Clarita comenzó a ver basuras y tenderetes en todas las esquinas.
Vio las busetas cambiando de carril, las carretillas de fruta, los gamines
empujando carros de balineras y sintió mareo. ¿Cómo
iba a reconocer la Avenida Primera? Habría que mirar las direcciones.
Pero no importa: la calle avanzaba recta y ella sabía que tenía
que llegar de frente al edificio del Hospital. Le habían dicho que
era fácil.
A la altura de la calle 12 hubo un atasco que la puso nerviosa. Los
carros no se movían, los buses se echaban encima de todo el mundo
para avanzar un milímetro y el ruido de los pitos la volvía
loca. Por los lados, el vidrio del carro se convirtió en un mosaico
de manos que le pedían limosna, que le ofrecían cadenas robadas,
cigarrillos y paquetes de Kleenex. Clarita, con ojos huérfanos,
miró al hombre buscando protección, pero él seguía
recostado contra el vidrio, con el cuello rojo y las venas tensas. El tableteo
de la mandíbula continuaba y, muerta de pánico, comprobó
que el ruido que oía desde hacía un rato era el castañeteo
de sus dientes. Se dijo que debía acelerar: ahora sí el ataque
estaba en un pelo.
Los carros seguían sin moverse. Una cuadrilla del Ministerio
de Obras Públicas levantaba la calzada para cambiar el asfalto a
la altura de la calle Sexta. Sólo quedaba una vía del lado
izquierdo para pasar y tres busetas se la disputaban. Sin saber qué
hacer, Clarita cometió el último y fatal error: vio una esquina,
vio que el carro de adelante doblaba para salir del atasco y, sin pensar,
lo siguió. Era la calle Octava y respiró diciéndose
que no estaba lejos.
Avanzó dos esquinas mirando con aprensión los talleres
de mecánica, las tiendas, los edificios desconchados, la gente descalza
con el torso desnudo, los grupos de dos o tres sentados en las entradas
de las casas tomando cerveza y aguardiente, oyendo radio.
Una vez más dobló a la derecha y el paisaje volvió
a sobrecojerla: la calle destapada, con cráteres llenos de agua
que hacían J golpear los bajos del Alpine contra el suelo.
«Yo, doctor, si quiere que le diga la verdad, ya ni sentía
miedo. Era como si estuviera dormido el músculo del Imiedo, ¿me
entiende? Mi casa, el Club, el barrio, Unicentro, me parecína lugares
inalcanzables de los que había salido hacía tres vidas. El
sur era para mí la boca del lobo, ¿me va entendiendo?»
Pasó al lado de una montaña de escombros y vio un muro
de ladrillo a medio construir que terminaba en una casa de lona y plásticos;
en la esquina, en un hidrante abierto, varias mujeres llenaban galones
de agua y una cuadrilla de niños descalzos revoloteaba alrededor.
Clarita no podía avanzar más rápido. En cada hueco
se encontraba con miradas sorprendidas. ¿Podría recuperar
la Décima más adelante?
La cosa fue más bien sencilla: de una de las casas salieron
tres hon-ibres gritando: ¡Auxilio! ¡Un carro! La vieron venir
y le hicieron seña de parar, pero Clarita se asustó y quiso
acelerar para irse de allí. Imposible, los huecos no la dejaban
avanzar. Mientras le daba con desesperación al pedal sintió
un ejército de manos golpeando contra todos los vidrios del Alpine.
¡Pare! Pare! Clarita también gritó de pánico:
¡Váyanse! ¡Déjenme! Los hombres forcejearon para
abrirle las puertas hasta que uno de ellos levantó un ladrillo y
pulverizó el vidrio de atrás.
-¡Ya tráiganla! -dijo una voz angustiada.
De la casa salieron otros dos hombres alzando a una mujerioven. Tenía
el vientre inflado y las piernas bañadas en sangre.
-Pecuéstenla ahí, con cuidado -dijo el más grande
señalando el asiento de atrás.
Varias mujeres se subieron al carro con la que gritaba y un hombre
empujó a Clarita hacia el puesto del copiloto, sobre las piernas
del epiléptico que aún temblaba y que ya tenía la
quijada y el cuello humedecidos por las babas.
-Estamos yendo al hospital, mamita -dijo una de las mujeres-. Tranquilita,
¿sí?
«Yo vi la escena como si no fueran mis ojos. La mujer estaba
teniendo un parto al lado mío, doctor, y le juro, entre la sangre,
los pataleos y los gritos, se lo juro, yo vi como unas piernitas diniinutas
que le colgaban del sexo.»
El que se puso en el timón aceleró a pesar de los huecos
y todos saltaron dentro del carro. En la esquina chocó contra una
caneca de basura rompiendo el faro derecho del Alpine pero siguió
acelerando hasta que volvió a la Décima, después del
atasco. En el semáforo del cruce para la Tercera volvieron a parar.
-¡Se está desangrando! ¡El niño se va a estrangular!
Clarita teiriblaba de pánico mirando la escena. El hombre que
mancieba sudaba a chorros y ella sufrió un desmayo al sentir que
el epiléptico tenía el miembro en erección.
«Y fijese lo que me pasa doctor: cada vez que estoy con un hombre
veo al extraño temblando y echando babas, pero no iniporta, le sigo
contando. Cuando me desperté del desmayo estaba sola en el carro.
Es decir, sola con el epiléptico. Y entonces vi el vidrio roto del
Alpine, el mar de sangre negra en la silla de atrás y los trapos
ensangrentados que cubrían a la mujer. Ellos se habían ido.»
El epiléptico empezó a moverse y ella cambió de
posición, sintiendo esa cosa dura entre los pantalones del hombre.
Entonces se armó de valor y lo empujó contra la puerta y
justo en ese instante vio un brillo y luego una forma que la dejó
sorprendida: esa cosa dura que el hombre llevaba entre los pantalones y
que sentía contra su Pierna era una pistola. Fue incapaz de hablar,
de reaccionar. Simplemente la vio. Era la primera vez que veía una
pistola. El hombre buscó acomodarse y dejó caer un papel
que llevaba en el puño de la mano derecha. Clarita lo abrió
y, temblando de miedo, vio escrita una dirección y el nombre del
papá de Freddy, el congresista del pañuelo de seda.
En ese momento volvió a desmayarse sin saber que la estaban
buscando. Que la policía había encontrado la bicicleta del
jardinero tirada en la calle y que en la bolsa de útiles, en lugar
de tijeras de podar y recogedores de pasto, había una mini Usi.
y una granada de mano.
Despertó en uno de los cuartos del Sanjuan de Dios. Le habían
dado un calmante luego de haber tenido varios ataques, gritando y pataleando
para escaparse y pidiendo que viniera su papá. La habítación
era de color azul claro. Destrás de la ventana s. veía un
pedazo del cerro y más atrás, bien al fondo, el cielo y algunas
nubes. Una enfermera entró:
-La familia que usté trajo al Hospital pudo salvar al niño
y quieren darle las gracias.
-¡No los deje entrar! -gritó, y otra vez empezó
a patalear en la cania, a forcejear de aquí para allá, pero
en vano, porque la tenían bien sujeta con cinturones de cuero agarrándole
los brazos.
Al final de la tarde, cuando los falilillares llegaron para trasladarla
a la clínica del Country, Clarita seguía en estado de choc.
Según supo después, la policía había agarrado
al falso jardinero en el hospital y ahora lo estaban juzgando. Por el traslado
a Bostón y los problemas de salud el papá había logrado
que no la llainaran a declarar, que para ella habría sido horrible.
«No sé doctor, no sé si es mentira de los médicos
de Colombia, pero llegaron a decir que cuando mi papá por fin llegó
a recogerme al hospital yo no lo reconocí. ¿A usted le parece
posible?»