Alberto Fuguet y Sergio Gómez, eds.:  McOndo (1996)

INTRODUCCIÓN:  PRESENTACIÓN DEL PAÍS McONDO

Esta anécdota es real:
Un joven escritor latinoamericano obtiene una beca para participar en el International Writer's Workshop de la Universidad de lowa, suerte de hermano mayor cosmopolita del afamado Writer's Workshop de la misma universidad, algo así como la más importante fabrica/taller de nuevos escritores norteamericanos.
El escritor rápidamente se da cuenta que lo latino está hot (como dicen allá) y que tanto el departamento de español como los suplementos literarios yanquis están embalados con el tema. En el cine del pueblo, Como agua para chocolate arrasa con la taquilla. Para qué hablar de las estanterías de las librerías, atestadas de «sabrosas» novelas escritas por gente cuyos apellidos son indudablemente hispanos, aunque algunos incluso escriban en inglés.
Tal es la locura latina que el editor de una prestigiosa revista literarla se da cuenta que, a cuadras de su oficina, en pleno campus, deambulan tres jóvenes escritores latinoamericanos. El señor se presenta y, sin mas ni mas ' establece un literary-lunch semanal en la cafetería que mira el río. La idea, dice, es armar un número especial de su prestigiosa revista literaria centrado en el fenómeno latino. Los tres jóvenes (bueno, no tan jóvenes) quedan relativamente extasiados. Se dan cuenta que, sin esfuerzo ni contacto alguno, van a ser publicados en «America» y en inglés. Y sólo por ser latinos, por escribir en español, por haber nacido en Latinoamérica, ese «pueblo al sur de los Estados Unidos», como sentenció el grupo rock Los Prisioneros.

 Las cosas agarran prisa y el programa de escritores contacta a gente del departamento de lenguas y arman un taller de traducción. Antes que termine el semestre, los cuentos y trozos de novelas de los tres latinos son entregados al ávido editor. Los otros partíciPantes extranjeros, algunos bastante más establecidos y añosos que los codiciados latín-boys, observan atónitos y asumen que quizás el lugar es el adecuado pero el momento definitivamente no. Adiós a los asiáticos y los centroeuropeos. WeIlcome all híspanics.
Pues bien, el editor lee los textos hispanos y rechaza dos. Los que desecha poseen el estigma de «carecer de realismo mágico». Los dos marginados creen escuchar mal y juran entender que sus escritos son poco verosímiles, que no se estructuran. Pero no, el rechazo va por faltar al sagrado código del realismo mágico. El editor despacha la polémica arguyendo que esos textos «bien pudieron ser escritos en cualquier país del Primer Mundo».
Esta anécdota es, como dijimos, real, aunque los nombres y las nacionalidades fueron omitidas para proteger a los inocentes. Creemos, además, que ilustra el conmovedor grado de ingenuidad de ambas partes interesadas.
Para dejar un registro histórico: ese día, en medio de la planicie del medioeste, surgió McOndo. Su inspiración más cercana es otro libro: Cuentos con Walkman (Santiago de Chile, Planeta, 1993), una antología de nuevos escritores chilenos (todos menores de 25 años) que irrumpió ante los lectores con la fuerza de un recital punk. Ese libro, que ya lleva más de diez mil ejemplares vendidos sólo en el territorio chileno, fue compilado por nosotros dos a partir de los traba . os de los jóvenes que asistían a los taj
lleres literarios que ofrecía la «Zona de Contacto», un suplemento literario-juvenil que aparece todos los viernes en el diario El Mercurío de Santiago. Como dice la franja que anuncia la cuarta edición, la moral walkinan es «una nueva generación literaria que es post-todo: post-modernismo, post-yuppie, post-comunismo, post-babyboom, post-capa de ozono. Aquí no hay realismo mágico, hay realismo virtual».
David Toscana, representante de México en lowa, leyó el libro y tuvo la idea de armar un Cuentos con Wa1kman internacional.  Aceptamos el desafio y decidimos, a diferencia del primero, incluirnos en el libro. Quizás no hay excusas pero aquí estamos. Ya que íbamos a estar detrás, por qué no adentro también.
Aunque por momentos sentimos que no íbamos a ninguna parte, al final llegamos a la meta. Como todo libro que vale, McOndo es incompleto, parcial y arbitrario. No representa sino a sus participantes y ni siquiera. Es nuestra idea, nuestro volón. Sabemos que muchos leerán este libro como una tratado generacional o como un manifiesto. No alcan za para tanto. Seremos pretenciosos, pero no tenemos esas pretensiones.
Como en todo acto creativo, lo más entretenido (y agotador) fue coordinar y encontrar a los autores que cabían dentro del canon preestablecido. El primer desafio de muchos fue conseguir una editorial que confiara en nosotros, nos convidara infraestructura y redes de comunicación y, por sobre todo, nos asegurara una distribución por toda Hispanoamérica para así tratar de borrar las fronteras, que hicieron de esta antología no sólo una recopilación sino un viaje de descubrimiento y conquista. No fue fácil, puesto que tuvimos que atravesar una maraña de burocracia y mala fe, además de erradas ideologías de distribución, increíbles aranceles y simple desidia. En todas las capitales latinoamericanas uno puede encontrar los best-sellers del momento o autores traducidos en España, pero ni hablar de autores iberoamericanos. Simplemente no llegan. No hay interés. PLecién ahora algunas editoriales se están dando cuenta de que eso de escribir en un mismo idioma aumenta el mercado y no lo reduce. Si uno es un escritor latinoamericano y desea estar tanto en las librerías de Quito, La Paz y San Juan hay que publicar (y Ojalá vivir) en Barcelona. Cruzar la frontera implica atravesar el Atlántico.
Como e n toda antología que se precie de tal, la elección de quienes participan en este libro es dudosa, antojadiza y teñida del favoritismo que se le tiene a los amigos. En McOndo hay mucho de esto; no podía ser de otra manera.

  A pesar de las maravillas de la comunicación, el país desde donde surge esta antología sigue estando entre el cerro y el mar. La comunicación con el exterior, por lo tanto, fue dificil, atrasada, escasa, y surgió a un ritmo más lento del que esperábamos. Los contactos existían, pero más a nivel de amistad en países como Argentina, España y México. El resto del continente era territorio desconocido, virgen. No conocíamos a nadie. Llegamos a pensar que América Latina era un invento de los departamentos de español de las universidades norteamericanas. Salimos a conquistar McOndo y sólo descubrimos Macondo. Estábamos en serios problemas. Los árboles de la selva no nos dejaban ver la punta de los rascacielos.
No conocíamos siquiera un nombre en muchos de los países convocados. Nos topamos con panoramas como que los libros de ciertas estrellas literarias no estaban disponibles en el país fronterizo. Los suplementos literarios de cada una de las capitales no tenían ni idea de quiénes eran sus autores locales. Podíamos escribir en el mismo idioma, tener la misma edad y las antenas conectadas, pero aun así no teníamos idea quiénes éramos.
Cuando decidimos lanzar nuestras señales de humo recurrimos a todo lo imaginable: armigos, enennigos, corresponsales extranjeros, editores, periodistas, cnticos, rockeros en gira, auxiliares de vuelo, mochileros que salían de vacaciones. Recurrimos al fax, al DHL, a la Internet. Apostamos por el correo tradicional (estampillas con la cara de próceres muertos) y el correo electrónico (bits, no átomos) y abusamos del teléfono (usamos discado directo, cambiamos varias veces de carrier dependiendo de las ofertas del mes y nos aprendimos todos los códigos de los países).
Poco a poco, comenzó a aparecer eso que sabíamos que existía, aunque estaba oculto en auto-publicaciones de segunda o ediciones de pocos ejemplares. De alguna manera comprobamos que el fenómeno editorial joven en Latinoamérica es irregular, a veces mezquino y en la mayoría de los casos, sufrido. La mayoría de los textos que recibimos eran ediciones feas, publicadas con esfuerzo y con poca resonancia entre sus pares.
El criterio de selección entonces se centró en autores con al menos una publicación existente y algo de reconocimiento local. Esta opción algo severa descalificó a ciertos autores y países de un brochazo. Exigimos, además, cuentos inéditos o, al menos, inéditos en forma de libro. Podían versar sobre cualquier cosa. Tal como se puede inferir, todo rastro de realismo mágico fue castigado con el rechazo, algo así como una venganza de lo ocurrido en lowa.
El gran tema de la identidad latinoamericana (¿quiénes somos?) pareció dejar paso al tema de la identidad personal (¿quién soy?). Los cuentos de McOndo se centran en realidades individuales y privadas. Suponemos que ésta es una de las herencias de la fiebre privatizadora mundial. Nos arriesgamos a señalar esto último como un signo de la literatura joven hispanoamericana, y una entrada para la lectura de este libro. Pareciera, al releer estos cuentos, que estos escritores se preocuparan menos de su contingencia pública y estuvieran retirados desde hace tiempo a sus cuarteles personales. No son frescos sociales ni sagas colectivas. Si hace unos años la disyuntiva del escritorioven estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh.
La decisión final tuvo que ver con los gustos de los editores y la editorial, además de las presiones de ciertos agentes literarios, la cambiante geopolítica (nos tocó guerras y relaciones diplomáticas tensas), el azar de los contactos y eso que se llama suerte.
Hay autores vagando por el continente y la península que tuvimos que rechazar porque ya teníamos muchos representantes de ese país (Argentina, México, España) o porque la demanda excedió la oferta. Otros autores representativos están ausentes porque no pudieron llegar a tiempo, estaban bloqueados o no tenían nada que ofrecer. Existen, por cierto, muchos países que faltan y deberían estar presentes. Hicimos lo posible. Reconocemos nuestra incapacidad. A lo mejor sí debimos viajar por cada uno de los países pero no tuvimos ni el presupuesto ni el tiempo. Quizás confiamos demasiado en las embajadas y en los agregados culturales que, dicho sea de paso, fueron incapaces de ayudarnos. Una embajada dijo que sólo había poetas en su país (lo que resultó ser falso) y en otra nos aseguraron que el autor más joven de su territorío era un chico de 48 años que, para más remate, era inédito.
No nos cabe duda que cuando este libro se edite, vamos a encontrarnos con la ingrata sorpresa de que un autor McOndíano está dando mucho que hablar y ni siquiera sabíamos que existía. Son los riesgos que uno corre. Casi todos los autores aquí incluidos son absolutos desconocidos fuera de su país. Y muchos son apenas conocidos en su propia casa. Así y todo, pensamos que la muestra es grande, variada y comulga absolutamente con nuestro criterio de selección.
Sabemos que hay carencias y errores, pero también hay aciertos y sorpresas. Estamos conscientes de la ausencia femenina en el libro. ¿Por qué? Quizás esto se debe al desconocimiento de los editores y a los pocos libros de escritoras hispanoamericanas que recibimos. De todas maneras, dejamos constancia que en ningún momento pensamos en la ley de las compensaciones sólo para no quedar mal con nadie.
Optamos por establecer una fecha de nacimiento para nuestros autores que nos sirviera de colador y acotara una experiencia en común. Nos decidimos por una fecha que fuera desde 1959 (que coincide con la siempre recurrida revolución cubana) a 1962 (que en Chile y en otros países, es el año en que llega la televisión). La mayoría, sin embargo, nacieron algún tiempo después.
Otra cosa en que nos fijamos: todos los escritores recolectados han publicado antes de los treinta con un relativo éxito. Han creado polémicas, revueltas y exageraciones críticas con lo que escriben.
Sobre el título de este volumen de cuentos no valen dobles interpretaciones. Puede ser considerado una ironía irreverente al arcángel San Gabriel, como también un merecido tributo. Más bien, la idea del título tiene algo de llamado de atención a la mirada que se tiene de lo latinoamericano. No desconocemos lo exótico y varlopinto de la cultura y costumbres de nuestros países, pero no es posible aceptar los esencialismos reduccionistas, y creer que aquí todo el mundo anda con sombrero y vive en árboles. Lo anterior vale para lo que se escribe hoy en el gran país McOndo, con temas y estilos variados, y mucho más cercano al concepto de aldea global o mega red.
El nombre (¿inarca-registrada?) McOndo es, claro, un chiste, una sátira, una talla. Nuestro McOndo es tan latinoamericano y mágico (exótico) como el Macondo real (que, a todo esto, no es real sino virtual). Nuestro país McOndo es más grande, sobrepoblado y Heno de contaminación, con autopistas, metro, Tv-cable y barriadas. En McOndo hay McDonald's, computadores Mac y condominios, am¿n de hoteles cinco estrellas construidos con dinero lavado y malls gigantescos.
En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy drogados. Latinoamérica, y de alguna manera Hispanoamérica (España y todo el USA latino) nos parece tan realista mágico (surrealista, loco, contradictorio, alucinante) como el país imaginario donde la gente se eleva o predice el futuro y los hombres viven eternamente. Acá los dictadores mueren y los desaparecidos no retornan. El clima cambia, los ríos se salen, la tierra tiembla y don Francisco coloniza nuestros inconscientes.
Existe un sector de la academia y de la intelligentsia ambulante que quieren venderle al mundo no sólo un paraíso ecológico (¿el smog de Santiago?) sino una tierra de paz (¿Bogotá? ¿Lima?). Los más ortodoxos creen que lo latinoamericano es lo indígena, lo folklórico, lo izquierdista. Nuestros creadores culturales sería gente que usa poncho y ojotas. Mercedes Sosa sería latinoamericana, pero Pimpinela, no. ¿Y lo bastardo, lo híbrido? Para nosotros, el Chapulín Colorado, Ricky Martin, Selena, julio Iglesias y las telenovelas (o culebrones) son tan latinoamericanos como el candombe o el vallenato. Hispanoamérica está lleno de material exótico para seguir bailando al son de «El cóndor pasa» o «Ellas bailan solas» de Sting. Temerle a la cultura bastarda es negar nuestro proplo mestizaje. Latinoamérica es el teatro Colón de Buenos Aires y Machu Pichu, «Siempre en Domingo» y Magneto, Soda Stereo y Verónica Castro, Lucho Gatica, Gardel y Cantinflas, el Festival de Vifia y el Festival de Cine de La Habana, es Puig y Cortázar,

 Onetti y Corín Tellado, la revista Vuelta y los tabloides sensacionalistas.
Latinoamérica es, irremediablemente, MTV latina, aquel alucinante consenso, ese flujo que coloniza nuestra conciencia a través del cable, y que se está convirtiendo en el mejor ejemplo del sueño bolívaríano cumplido, más concreto y eficaz a la hora de hablar de unión que cientos de tratados o foros internacionales. De paso, digamos que McOndo es MTV latina, pero en papel y letras de molde.
Y seguimos: Latinoamérica es Televisa, es Miami, son las repúblicas bananeras y Borges y el Comandante Marcos y la CNN en español y el Nafta y Mercosur y la deuda externa y, por supuesto, Vargas Llosa.
Vender un continente rural cuando, la verdad de las cosas, es urbano (más allá que sus sobrepobladas ciudades son un caos y no funcionan) nos parece aberrante, cómodo e inmoral.
El trasfondo tras la ilusión del realismo mágico para la exportación (que tiene mucho de cálculo) lo aclara el poeta chileno Oscar Hal---in en una introducción a una antología de cuentos ad-hoc:
Cuando en 1492 Cristóbal Colón desembarcó en tierras de América fue recibido con gran alborozo y veneración por los isleños, que creyeron ver en él a un enviado celestial. Kealizados los ritos de posesión en nombre de Dios y de la corona española, procedió a congraciarse con los indígenas, repartiéndoles vidrios de colores para su solaz y deslumbramiento. Casi quinientos años después, los descendientes de esos remotos americanos decidieron retribuir la gentileza del Almirante y entregaron al público internacional otros vidrios de colores para su solaz y deslumbramiento: el realismo mágico. Es decir, ese tipo de relato que transforma los prodigios y maravillas en fenómenos cotidianos y que pone a la misma altura la levitación y el cepillado de dientes, los viajes de ultratumba y las excursiones al campo.
Lo que nosotros queremos ofrecerle al público internacional son cuentos distintos, más aterrizados si se quiere, de un grupo de nuevos escritores hispanoamericanos que escriben en español, pero que no se sienten representantes de alguna ideología y ni siquiera de sus propios países. Aun así, son intrínsecamente hispanoamericanos. Tienen ese prisma, esa forma de situarse en el mundo.
En estos cuentos hay más cepillado de dientes y excursiones al campo (bueno, al departamento o al centro comercial) que levitaciones, pero pensamos que se viaja igual.
Los autores incluidos en McOndo son, como ya lo hemos reiterado (y lamentado) levemente conocidos en sus respectivos países. Esto tiene su lado positivo puesto que no tienen una reputación internacional que proteger. No sienten, como escribió el crítico David Gallagher en el suplemento literario del TLs de Londres, Ja necesidad de sumergirse en las aguas de lo políticamente-correcto. Puesto que no tienen la ventaja de vivir afuera, dificilmente sabrían qué elementos usar para escribir una novela políticamente correcta».
Es cierto que no todos los autores antologados viven dentro de sus países (aunque muchos tienen la intención de regresar y pronto); aun así, estos escritores han producido textos que fueron escritos desde el interior para lectores internos. Como bien acota Gallagher, refiriéndose específicamente al caso de Chile, «no le están escribiendo a una galería internacional, por lo tanto, no tienen que mantener el status-quo del estereotipo de cómo debe o no debe ser el retrato (de Hispanoamérica) para la exportación».
España, en tanto, está presente porque nos sentimos muy cercanos a ciertos escritores, películas y a una estética que sale de la península que ahora es europea, pero que ya no es la madre patria. Los textos españoles no poseen ni toros ni sevillanas ni guerra civil, lo que es una bendición. Los nuevos autores espa oles no sólo son parte de la hermandad cósmica sino son primos muy cercanos, que a lo mejor pueden hablar raro (de hecho, todos hablan raro y usan palabras y jergas particulares) pero están en la inisma sintonía. La pregunta que inició la búsqueda de este libro fue si estábamos en presencia de algo nuevo, de una nueva literatura o de una nueva perspectiva para ver la literatura. Pregunta que parece ser el afán de toda nueva horneada de escritores. Las respuestas después de tener el libro terminado fueron sólo dudas. Como es típico, lo más interesante, novedoso y original no está en la primera línea del mercado y aún menos entre el oficialismo literario.
El verdadero aflan de McOndo fue armar un red, ver si teníamos pares y comprobar que no estábamos tan solos en esto. Lo otro era tratar de ayudar a promocionar y dar a conocer a voces perdidas no por antiguas o pasadas de moda, sino justamente por no responder a los cánones establecidos y legitimados.
Comprobamos que cada escritor ha elegido el camino que más le acomodaba, con los temas que consideraba más adecuados. ¿Trabajo inútil entonces? Creemos que no: debajo de la heterogeneidad algo parece unir a todos estos escritores, y a toda a una generación de adultos recientes. El mundo se empequeñeció y compartimos una cultura bastarda similar, que nos ha hermanado irremediablemente sin buscarlo. Hemos crecido pegados a los mismos programas de la televisión, admirado las mismas películas y leído todo lo que se merece leer, en una sincronía digna de considerarse mágica. Todo esto trae, evidentemente, una similar postura ante la literatura y el compartir campos de referencias unificadores. Esta realidad no es gratuita. Capaz que sea hasta mágica.

Alberto Fuguet y Sergio Gómez
Santiago de Chile, marzo de 1996
 

Martín Rejtman:  "Mi estado físico" (Argentina)

    Dejo el taller mecánico y abandono ahí mi coche.  Ya no me queda nada.  Hay que tener coraje para hacer algo así, dejar lo único que uno tiene. El perro lo regalé cuando me mudé al departamento, que es alquilado, y mi novia me dejó hace tres semanas por mi mejor amigo.
    Cuando llego al departamento abro la agenda buscando alguien a quien llamar para pasar la noche.  Primero dudo, pero me dejo vencer por mi debilidad y decido finalmente a mi ex-mejor amigo.  Seguramente está con mi ex-novia.  Le pregunto si está con ella.  Me dice que no.  NO nos vemos desde las peleas.  Quedamos en encontrarnos más tarde; le pido que me lleve el cassette en el que graba las clases de gimnasia que pasan por cable.  Mientras hablamos me acuerdo que en mi bolsillo está el recibo que simboliza mi coche.  Lo saco y lo pongo en un portarretratos sobre la foto de mi ex-novia.
    Yo me preparo la cena, como lo mismo todos los días desde que Laura me dejó: pescado al vapor con salsa de soja y arroz integral.  No bebo ningún líquido.  Leí que el líquido hace mal durante las comidas.  A pesar de todo siento que esta alimentación me enferma.  Le falta sustancia, algo que cortar con un cuchillo y después morder.  Me estoy dejando morir al no hacer trabajar mi estómago.
    Mi ex-mejor amigo se llama Leandro.  Nos encontramos en una video bar de Flores.  Eso es lo que él quiere y yo soy el que está solo. Lo primero que hace es darme el video cassette con las clases de gimnasia. Después me cuenta sobre su nuevo trabajo y sobre las películas que vio en el cine. Habla él todo el tiempo y no me animo a preguntarle por Laura, aunque siento curiosidad por saber si todavía estánjuntos.
En los monitores del video bar pasan tenias de Genesis y Dire Straits, los dos grupos que más odio en el mundo, y como estoy a punto de vomitar, le digo a Leandro que preferiría ir a un Mac Donald's. Leandro se sorprende. «Se dice que te hiciste vegetariano.» Al principio la idea no le gusta en lo más mínimo, pero se convence cuando el mozo le dice que lo único que sirven es pizza de mozzarella y anchoas. Leandro odia las anchoas desde el verano en que nos fuimos juntos de campamento y escalamos un cerro. Habíamos llevado sólo latas de anchoas y tabletas de chocolate. Terim*namos los cuatro vomitando. Leandro ya no puede ver las anchoas; yo odio el chocolate.
En el Mac Donald's me pido un sundae de frutilla. Leandro pide un Big Mac y un Mac Clilken y pone la hamburguesa de pollo adentro del Big Mac. Yo, voraz como me encuentro, pienso que cuando vuelva del baño me voy a comer el pan que dejó Leandro.
En el baño del Mac Donald's hay una chica que me habla. Creo por un segundo que me equivoqué de puerta. Pero no, estoy bien. Sin justificarse ella me cuenta una historia muy rara. Me dice: «La última vez que vi a mi novio fue en este Mac Donald's, hace un mes. Vinimos a cenar y rmientras yo fui a comprar la comida, él se metió en este baño; no lo vi salir nunca más». Le pregunto si lo vio entrar. «Sí», me dice. «Pero no salió. No tengo su teléfono ni sé dónde vive. Nos conocimos en una discoteca y después él siempre me llamaba y nos veíamos en la calle o en mi casa.»
Al baño entra un empleado de limpieza. Como todos los demás empleados, usa gorro con visera y nos mira con mala cara; los baños no son un lugar para perder el tiempo. Hago como que me lavo las manos pero la chica no hace nada.
Le digo que se siente con nosotros; desde nuestra mesa se puede vigilar la puerta del baño de hombres. Se la presento a Leandro, que la mira con sus ojos de siempre. Ella dice: «Permiso», en lugar de «Hola», y se come el pan de la hamburguesa de Leandro. YO la miro con avidez, en mi cabeza había reservado ese pan para mí. La chica se llama Lisa, vive sola a cuatro cuadras del Mac Donald's y nos invita a ver un video a su casa. Yo digo que prefiero ir a una discoteca. Leandro me mira como si estuviera loco; me dice que creía que las discotecas eran algo que ya habíamos superado. Lisa comenta que su hermano trabaja de barman en una que queda sobre Rivadavia. Cuando nos vamos del Mac Donald's veo un cartel con una foto enorme del hombre de limpieza que nos echó del baño a Lisa y a mí: es el empleado del mes. Miro mi reloj y veo que todavía es muy temprano, apenas las doce.
En la discoteca nos dejan entrar sin pagar y el hermano de Lisa nos da whiskies gratis. Yo me tomo cinco, Lisa dos, Leandro siete. Después vamos a lo de Leandro y fumamos marihuana hasta quedar mareados. Busco por toda la casa fotos de Laura pero no encuentro; ni siquiera una. Abro todos los cajones: no hay ropa suya. Escucho que Leandro y Lisa hablan de cosas íntimas. Lisa le cuenta la historia de su novio y le muestra una foto que tiene en la billetera. Leandro lo reconoce: es Aníbal, un chico con el que jugábamos al futbol.
-Ése no es Aníbal -digo.
-Sí, es Aníbal -dice Lisa.
-Tengo su número -dice Leandro.
Leandro y yo decidimos llamar a Aníbal por teléfono. Lisa dice, «Llamen si quieren; estoy segura de que no va a estar en la casa».
Atiende Aníbal, con voz de dormido. Leandro le pasa el teléfono a Lisa. Lisa se queda helada; no abre la boca. Me dan ganas de besarla.
Quedamos en volver a encontrarnos los tres el sábado a la noche. Hacemos una cita en Rivadavia y José María Moreno. Caballito. Yo vengo de cenar con mis padres en un restaurante de Parque Centenario que se llama Los Chanchitos. Tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos para conseguir mesa y mi papa discutió por el turno con una mujer que venía con sus dos hijas.

 Mis padres pidieron una parrillada para cuatro con la esperanza de que yo también picara algo, pero tuvieron que comérsela entre los dos. Yo pedí una provoleta con ensalada. No usé el cuchillo en toda la cena.
En la esquina de Rivadavia y José María Moreno Lisa me espera. Mira la vidriera de un negocio de ropa. Está vestida igual que la vez pasada. La iniro desde la vereda de enfrente y pienso que no se parece en nada a Laura. Me dice que no va más al Mac Donald's, pero que ayer se lo volvió a encontrar a Aníbal en el cine. Fue a ver La leccíón de piatio; le pareció horrible, casi voinita. Aníbal estaba sentado Justo adelante suyo. En el momento en que a la protagonista le cortan el dedo, Aníbal se dio vuelta horrorizado y la vio a ella, que no tenía los OJ*os en la pantalla sino en su nuca. Aníbal le dijo «Hola». Lisa creyó que era un fantasma y sintió el impulso de cortarse un dedo. El cine no estaba muy lleno y le pareció que corría sangre por los pasillos de la sala. Aníbal estaba con un ainigo y Lisa con Leandro.
Leandro no viene a la cita y Lisa y yo vamos a un pub con luces de color naranja. Toniamos cerveza los dos, hablamos de inúsica y pintura. Yo soy pintor y mi ex-novia es inúsica. Lisa recién ternima la secundaría y todavía es egresada. Me pregunta qué pinto. Le digo que soy conceptual. Ya no me pregunta más nada. La aconipaño a la casa. Vive justo en el límite entre Caballito y Flores, sola, en una casa antigua, que parece llena de fantasmas. Lisa cierra la puerta y yo me quedo pensando: me doy cuenta de que a veces ella habla como si estuviera loca, dice cosas que no me gustan, pero en esos momentos yo trato de no prestar atención.
Vuelvo a casa. Me duermo pensando en Lisa, que se hace transparente.
Tocan el timbre. Yo estoy en medio de mi sesión de gimnasia. Pongo pausa y corro a abrir, porque intuyo que es Laura. Un tipo de sobretodo, traje y cara grande me entrega un sobre.
-Tomá, mirálo, paso a buscarlo mañana a la mañana.
Lo abro, agitado. Veo que es de una obra social.
-Dejá gracias, ya tengo -le devuelvo el sobre.
-¿Qu¿ obra social tenés?
-Programa de Salud.
-¡Prograama de Saaluud! -grita, y su cara se hace el triple de grande.
-,Qué, qué te pasa? -le pregunto desafiante, y le cierro la puerta. El tipo inete el pie justo a tiempo y ii-le vuelve a pasar el sobre.
-Mirálo y coinpará.
-No lo quiero.
-Sin compromiso.
-Andáte o llamo a la policía.
Enipujo la puerta con todas mis fuerzas y le agarro el pie. El honibre grita. Yo sigo haciendo presión.
-¿Te vas a ir?
-Sin -me dice el hombre. Ahora su cara se achica hasta casi parecer normal.
Lo dejo ir, rebobino el cassette, y sigo con mis ejercicios.
Después de la gimnasia me siento más fuerte y decido pasar por la puerta de la casa de Laura. Camino con paso rápido y miro de reojo la ventana con las cortinas corridas. Llego a la esquina, compro golosinas en el quiosco y cruzo la calle. Vuelvo a pasar por la puerta, esta vez de la vereda de enfrente. Me quedo un par de iiiinutos parado a una distancia prudente. Entro a un supermercado coreano pero no compro nada. Doy una vuelta a la ManZaria.
Después de un rato la veo a la madre que viene caminando y hace coino que no me conoce. Entra a la casa y enseguida sale la heriviana de Laura con una amiga. Me ven parado en la vereda de enfrente y me dicen «Hola», y mientras se alejan se dan vuelta varias veces a mirarme. En la esquina se quedan charlando un rato y todavía me miran. Camino hasta donde están ellas. Me vuelven a decir «Hola». Me quedo ahí. Las miro; hablan de cosas del colegio. La amiga de la hermana de Laura de pronto me pregunta si tengo fuego. Saco el encendedor y le digo que sí. Busca cigarrillos en la cartera pero no encuentra. La mira a la hermana de Laura, que con un gesto le hace entender que ella tampoco tiene. En ese momento Laura estaciona su motito al lado nuestro.
Parece enojada conmigo. Su hermana y la amiga nos miden con la mirada; están a punto de sonreír. Laura me dice que si quiero la puedo acompañar a la casa. Entramos y me ofrece café. «Por mí no te molestes», le digo. «Hay hecho, lo tengo que calentar.» «Dámelo así frío, como está.» «Como quieras. »
Laura me dice que tiene que hacer escalas y que podemos charlar mientras ella practica. Enseña música en dos colegios y quiere ser concertista de plano. Pidió una beca para estudiar en Alemania; está esperando los resultados.
Pone la tacita de café frío en una bandejajunto con una azucarera y unos amarettis y vamos al living. Ella se sienta al piano y me cuenta que su hermana decidió que va a estudiar psicología. Ya hizo varias lecturas. Incluso escribió un artículo y lo mandó a una revista que se llama Zona Erógena. «¿Y tu mamá qué dice?», le pregunto. «Ya está resignada. Una hija pianista y la otra psicóloga. Yo la consuelo diciéndole que somos mujeres.»
Entra el padre de Laura. Viene del traba . o. «Hoola, ¿cómo estás, resucitado?», me dice. «No seas cínico», le dice Laura.
La miro a Laura con odio y le contesto a su padre que estoy bien.
El padre de Laura saca un cigarrillo, no me ofrece, y me pide fuego. Laura sigue haciendo escalas. Yo todavía no junté coraje para preguntarle por Leandro; sigo sin saber si siguen juntos y las escalas de Laura ya me están volviendo loco. Me acuerdo que ésa era la parte más molesta de nuestra relación, la conversación con escalas. Le digo a Laura que ya me tengo que ir, me despido de su padre y dejo saludos para la madre y la hermana.
Voy a lo de Lisa. Está haciendo gimnasia. Leandro le pasó un cassette. Lisa me mira en su malla de baile. Me invita a hacer gimnasia con ella. Le digo que no tengo ropa de deportes. Me trae unos shorts de Aníbal, son justo mi medida. Los reconozco; son los que usaba para jugar al fútbol. Cuando vamos por la segunda serie de flexiones de pierna me doy cuenta de que esa serie ya la hice, es la clase anterior. Eso me perturba. Puedo notar las repeticiones del trainer cuando dice, «y uno y dos arriba hop». Es la inisina secuencia, el mismo intervalo entre una flexión y otra. El problema no es tanto el tiempo que se repite sino que yo me di cuenta y ahora estoy demasiado pendiente.
Cuando estamos por terminar con los abdominales le digo a Lisa que no puedo más. Ese video me vuelve loco. Ella acepta apagar la máquina pero me advierte que nos faltan las elongaciones, y para no quedarnos los dos tan tensos, enciende un cigarrillo de marihuana.
A la noche, en casa, me doy cuenta de que hice dos sesiones de gimnasia en un solo día. Tengo los músculos tan duros que me doy golpes con el martillo de aplastar milanesas y no siento nada. Cuando apoyo el martillo sobre la mesa, miro de reojo el teléfono un segundo antes de que empiece a sonar. Estoy seguro de que es mi madre. «Hola», digo. Es ella; quiere que vaya a cenar porque viene una amiga de la familia que yo no conozco.
-Si no la conozco no hace falta que vaya -le digo.
-No podés hacernos esto. Sos lo único que tenemos.
Mi madre preparó albóndigas de primer plato y después bifes de hígado con ajo y cebollas y arroz blanco. Yo como sólo las cebollas saltadas en vino blanco y apenas pruebo el arroz. A pesar de que me muero por morder un pedazo de carne estoy decidido a no darles el gusto.
Al final resulta que la amiga de la familia tiene una hija que tiene un novio que quiere ser pintor y quiere conocerme. Vio mi última muestra y, dice, lo que hago le parece «interesante». Habla muy poco y su novia me pregunta por un buen taller para él. Tengo ganas de mandarlo al taller mecánico adonde dejé mi auto. «No quiero algo académico, yo con modelo vivo ya trabajé», dice por fin. Le digo de buena manera que estoy muy desconectado con todo ese medio. Los tres invitados me miran incrédulos. «Además, yo soy conceptual», me defiendo. Y repito sin parar: «Soy conceptual, soy conceptual, soy conceptual», hasta que me levanto de la mesa y me encierro en el cuarto de mis padres a mirar televisión. Cambio los canales con el control remoto de la video cassetera pero a pesar de que tienen cable no hay nada; sólo películas dobladas. Aprieto el botón de play para ver si hay algún cassette puesto y aparece mi trainer favorito en medio de una sesión de elongaciones. Apago la máquina horrorizado en el mismo momento en que entra mi padre para pedirme por favor que vuelva a la mesa.
Lisa desaparece. En realidad no desaparece: falta a una cita, no me vuelve a llamar, y cuando toco el timbre en su casa, o llamo por teléfono, nadie contesta. La busco por Caballito, Primera junta y Flores. Camino por todo el Oeste como si la ciudad fuera un pueblo fantasma. Al 300 de la calle Campichuelo veo la motito de Laura atada a un árbol; sé que en esa misma cuadra vive una de sus alumnas particulares de piano porque varias veces la pasé a buscar para ir al cine. Me imagino que de pronto aparece la alumna de Laura del brazo de su madre. Me presenta como el novio de la profesora de plano. La madre me invita a tomar el té y yo no puedo negarme. El departamento está decorado a la francesa, con pisos de roble lustrado y resbaladizo. Cuando la madre me trae el té, la chica anuncia que va a tocar el primer movimiento de la sonata en do menor de Schubert. Se sienta en el banquito, abre el piano, y antes de empezar a tocar me mira y dice, con la pronunciación y el énfasis más correctos: «Allegro». Pero la chica toca tan lento que me dan ganas de ponerme a llorar. En ese momento me doy cuenta de que la motito que estuve rruírando todo este tiempo es amarillo de cadmio, mientras que la de Laura es azul cobalto. «Su hija tiene un talento increíble», me imagino que le digo a la señora, y sigo mi camino.
No voy a llamar a Leandro, pienso, mientras espero que termine de cocinarse mi pescado al vapor, no voy a dejarme vencer otra vez por mi debilidad. Un rato más tarde suena el teléfono y quedamos en vernos directamente en el Mac Donald's, sin pasar antes por el video bar. En la cola de la caja alguien me toca la espalda: es Aníbal. Nos saluda a Leandro y a mí con más efusividad que nosotros a él. Hay bastantes personas adelante de nosotros y le digo a Leandro que nie pida papas fritas y un milk shake de vainilla mientras voy al baño. Entro directamente al de mujeres; Lisa no está. Me doy cuenta de que tendría que haber entrado al de hombres, pero ya no quiero buscarla, no quiero encontrarla ahí adentro.
Aníbal pasa toda la noche con nosotros y no encuentro el moinento de preguntarle a Leandro si sabe algo de Lisa. Tampoco puedo decirle a Aníbal que hace unos días usé sus shorcitos. Apenas puedo devolverle a Leandro el video cassette de las clases de gimnasia. El me agradece; dice que ya lo tenía pedido.
Cuando vuelvo al taller mecánico a buscar el auto me doy cuenta de que me olvidé el recibo en el portarretratos, cubriendo la foto de Laura, pero el mecánico me entrega el coche igual. «Es un papelito sin ningún valor.»
Doy vueltas por la ciudad; paso por delante de la casa de Lisa. Decido hacer el último intento, bajo y toco timbre. Me abre Lisa y me pregunta si quiero pasar. Le contesto si no prefiere dar una vuelta.
Estamos llegando al río cuando le digo:
-Cuando tu novio entró al baño del Mac Donald's tendrías que haberle pedido un papelito.
-¿Qué?
-Un recibo.
Bajamos del auto y nos sentamos sobre la baranda a mirar el río. Pronto siento que se me ablandan los hombros. Todo cambia de color; es el atardecer. Antes de que pase más nada, siento la obligación de advertirle a Lisa:
-Lo único que tengo es un coche. Mi novia me dejó por mi mejor amigo y el departamento en el que vivo es alquilado.
De a poco se hace de noche y empiezo a tener hambre.
 
 
 

Santiago Gamboa:  "La vida está llena de cosas así" (Colombia)

Hay tardes así, llenas de sol y viento, y a uno le dan ganas de que la vida comience otra vez como una página en blanco, sin que nada del pasado venga a mancharnos esa franja de tiempo feliz. Es bueno saber que hay tardes en las que se pueden dejar los juegos de mesa para después y salir a dar una vuelta por la Quince, ir al Uniclam a tomar una leche malteada con las amigas y comentar la fiesta del viernes, mirar las vitrinas con pereza y escándalo, ir al club a ver si Carlos está en la cancha de golfito o tomar algo en el Limmer's, a ver si ya trajeron ese famoso juego de sapo electrónico que tanto anuncian.
Clarita esperó a que la empleada abriera la puerta del garaje para encender el Alpine.
-Gracias, Hortensia. Dígale a mis papás que voy a la casa de Tita y que más tarde los alcanzo en el club.
-Sí señorita.
Avanzó hasta la esquina sintiendo el viento en los antebrazos tostados por las tardes de sol en la terraza y, de pronto, recordó la noche pasada con Carlos: cine en el Astor Plaza por la tarde, luego comida deliciosa en El Rancho y en la madrugada cama en el Estadero del Norte. Las tres C, como decían con su prima muertas de risa. Estaba enamorada pero sus amigas tenían razón: Carlos era un poco vulgar. Pero la excitaba, todavía tenía adentro su olor.

 Dobló otra vez a la derecha para bajar la cuesta de Santa Ana hasta la Séptima y vio pasar en moto a Freddy llevando detrás al perro de los Zubiría, haciéndolo saltar las bardas de la residencia y pisoteando las flores que, dos veces al día, las domésticas regaban con manguera y podaban con tijeras de mango azul compradas en Bima.
El hombrecito en bicicleta vino de la calle de enfrente. Llevaba una cortadora de pasto en la parrilla y dos rastrillos amarrados con piola al marco. Clarita aceleró por la cuesta mirando a Freddy y no vio al intruso hasta sentir el golpe en el capó y el bulto que caía por delante. Pegó un grito, frenó en seco y el motor se detuvo.
-¡Pilas, so imbécil!
Encendió otra vez el Alpine dispuesta a seguir pero vio que el hombre no se levantaba. Entonces miró el reloj pensando que aún quedaba tiempo, maldijo, estacionó y fue a mirar el cuerpo tendido en el asfalto. En la otra esquina el Mercedes del papá de Freddy pasó sin detenerse y ella alcanzó a ver el pañuelo de seda del congresista y su brazo velludo en la ventana. Ella lo conocía, sabía que por ser sábado salía del club sin escolta.
-¿Le pasó algo? -Clarita se animó a tocar al extraño con el dedo, pero no hubo respuesta.
Le dio la vuelta, lo miró por todas partes intentando despertarlo pero vio que era inútil. Ya estaba por entrar a la casa de los Dussan cuando lo vio abrir los ojos.
-Oiga... ¿Me oye? ¿Le pasó algo?
El hombre la miraba sin parpadear, pero no habló. Entonces Clarita, muerta de pánico, le dijo venga, deje su bicicleta aquí y súbase al Alpine, lo llevo a un hospital. Le abrió la puerta y, angustiada, lo ayudó a acomodarse en el puesto del copiloto.
¿Dónde había un hospital aquí cerca? Ah, sí, se dijo, el Centro Médico de los Andes. Fue para allá y, mientras avanzaba hacia Usaquén, vio que el horribre temblaba.
-¿Se siente mal...? Ya vamos a llegar.
Estaba tan asustada que ni cuenta se dio de que habría podido timbrar en la casa de los Parra y pedirle a Ernesto que la acompañara, pero tuvo miedo de que fuera grave, de que hubiera algún problema. Por eso hizo todo al revés y después pasó lo que pasó.  «Nunca me había pasado algo así, doctor, se lo juro», diría más tarde, «hacía apenas cuatro meses que tenía el pase y sólo manejaba de mi casa al club. Bueno, de vez en cuando a Unicentro acompañando a mamá a hacer compras o yendo a ver alguna película a los Cinemas».
Al llegar a la clínica se bajó y fue corriendo a la recepción.
-Es un caso urgente... Está en el carro.
-¿Qué tiene? -preguntó un enfermero.
-Hubo un accidente... -no sabía qué decir, ¿para qué hablaba? En cuanto lo internaran llamaría a su papá para que se hiciera cargo.
Mordiéndose las uñas, entró al hospital detrás de la camilla.
-¿La señorita es la responsable? -preguntó la jefa de enfermeras.
-Eh... Sí, sí. ¿Por qué?
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-Porque el señor, que está en estado de choc, no ti ni cumentos ni medios para entrar al hospital. ¿Me permite una tarjeta de cr¿dito?
Pensó en la American Express, pero sólo la metía en la billetera para los viajes.
-No tengo aquí, pero vayan atendiéndolo mientras la traigo.
-Imposible, señorita. Sin eso no podemos recibirlo.
-¿Y entoríces...?
Le vinieron lágrimas, no pudo más y le contó todo a la enfermeta. Desde el principio.
-Yo no lo vi venir, fue culpa de él...
La enfermera miró al hombre. Le levantó la cara y vio que apretaba los dientes, que tenía un leve temblor en la quijada.
-Este señor tiene epilepsia -le dijo a Clarita-. Lo que le pasa no tiene nada que ver con el accidente que usted me está contando.
-Sí pero... ¿Qué hago?
-Vaya al dispensarlo de salud de Usaquén, o si no llévelo al Hospital San Juan de Dios. Ahí puede entrar por urgencias sin problemas. Pero le doy un consejo, señorita: déjelo rápido en algún lado y váyase para su casa.

 Clarita pidió prestado el teléfono para llamar al papá.
-¿El doctor Montero? Sí, un momento lo mando buscar... -le
dijo un empleado del club.
Esperó dos segundos pero notó que el cuerpo del hombre seguía temblando. Entonces un enfermero vino y le dijo:
-Si no lo va a internar, señorita, haga el favor de llevárselo. Este señor va a tener un ataque de epilepsia.
Colgó afanadísinia sin poder hablar con el papá, pensando que lo llamaría en otro inoinento. Luego la ayudaron a subirlo al carro y ella estuvo a punto de gritar. ¿Qué hacer? Fue volando a Usaquén, preguntó por el dispensarlo de salud pero le dijeron que era sábado, que hasta las cinco no había turno. Entonces pensó: ¿dónde quedaba ese tal San Juan de Dios? Un celador del Banco de Colombia le dijo:
-En la Décima con Primera. Pero apúrese, ese señor tiene muy mala cara.
El corazón se le iba a salir del pecho. Esa dirección quedaba al otro lado de Bogotá.
El hombre, sostenido por el cinturón de seguridad, resbaló sobre el vidrio sin abrir los Oíos. Clarita vio su cuello tenso, las venas inflamadas y un constante temblor en la quijada.
-¿Voy por la Séptima hacia el sur?
-Sí -dijo el celador-. Y en la 26 sigue por la Décima, derecho. Es fácil, si se pierde cualquiera le indica.
Subió a la Séptima pensando: ¿por qué me pasarán a mí estas cosas? No podía dejarlo tirado en un andén, pero a fin de cuentas no había sido culpa suya. Hasta la enfermera lo dijo. Pensó en parar a llamar al club en el semáforo de Santa Bárbara, pero luego se dijo que lo mejor era llegar al San Juan de Dios lo más rápido posible, dejarlo y llamar al papá.
Sin saber lo que hacía, Clarita perdió la última oportunidad de evitar lo que más adelante sólo el tiempo, un traslado definitivo a Boston, la tranquilidad y el psicoanálisis podrían curar.
«Hay una cosa que no le he dicho, doctor: cuando niña, en la finca de mis abuelos, enterré vivo a un patico. No fue por maldad, se lo juro, sólo porque me gustaba verlo salir de la tierra. Salía y yo lo volvía a enterrar, haciendo un hueco cada vez más hondo. Pero de pronto no salió más y yo comencé a escarbar asustada hasta que lo saqué, ya muerto. Por la tarde todo el mundo preguntaba por el patico y yo temblaba de miedo, callada, y cuando me preguntaron si lo había visto dije que no, que tan raro, que debía haberse perdido. Fíjese, usted es la primera persona a la que se lo cuento.»
Al pasar la Avenida Chile la quijada del hombre comenzó a teinblar con más fuerza aunque sin niover el cuerpo. Su cabeza golpeaba contra el vidrio y una gota de saliva le escurría de la boca.
Clarita aceleró: si le daba el ataque de epilepsia en el carro sería muy peligroso. Daría patadas, manoteos, a lo inejor hasta la hacía chocar.
El reloj de la Avenida Chile, esquina Carrera Séptima, daba las 3 de la tarde. Había un tráfico moderado y el sol continuaba calentando el aire.
«Yo me sentía segura, sentía que podía hacerlo. Por eso fui. Ya le expliqué que era un día de sol lindo, doctor, que la noche anterior había tenido relaciones con un joven al que frecuentaba y que más tarde tenía una fiesta sport en el Club. Todo eso influyó. Además era sábado, no era época de exámenes y pensaba ir a donde Tita, una amiga, y contarle lo de Carlos, a ver si me ayudaba a tomar una decisión sobre él. Pero claro, mientras iba hacia el sur por la Séptima yo no pensaba en eso, tan angustiada estaba.»
Pasada la 67 una nube tapó el sol y Clarita sintió frío en los brazos. ¿Dónde había puesto el suéter? Recién ahí se dio cuenta: lo había dejado en el Centro Médico. Tonta. Antes de ir al club iría a la casa a cambiarse. Desde allá llamaría a Tita para que salicran juntas.
El hombre pareció estabilizarse en ese ligero temblor y Clarita volvió a preguntarle:
-¿Me oye? ¿Se siente mejor? -Pero nada, no había respuesta.
Al menos con los semáforos tuvo suerte: a partir del Carulla de la 60 todos en verde hasta la calle 26. Al doblar hacia la Décima por el edificio de Bavarla y pasar los puentes sintió un poquito de rniedo.
 «Yo había estado dos veces por esa zona yendo al Salón ROJO del Hotel Tequendama, pero de ahí para allá nunca. Ni siquiera la Catedral o el Palacio de justicia. Los conocía de haberlos visto en televisión.»
Los edificios se oscurecieron, la calle se hizo más estrecha y Clarita comenzó a ver basuras y tenderetes en todas las esquinas. Vio las busetas cambiando de carril, las carretillas de fruta, los gamines empujando carros de balineras y sintió mareo. ¿Cómo iba a reconocer la Avenida Primera? Habría que mirar las direcciones. Pero no importa: la calle avanzaba recta y ella sabía que tenía que llegar de frente al edificio del Hospital. Le habían dicho que era fácil.
A la altura de la calle 12 hubo un atasco que la puso nerviosa. Los carros no se movían, los buses se echaban encima de todo el mundo para avanzar un milímetro y el ruido de los pitos la volvía loca. Por los lados, el vidrio del carro se convirtió en un mosaico de manos que le pedían limosna, que le ofrecían cadenas robadas, cigarrillos y paquetes de Kleenex. Clarita, con ojos huérfanos, miró al hombre buscando protección, pero él seguía recostado contra el vidrio, con el cuello rojo y las venas tensas. El tableteo de la mandíbula continuaba y, muerta de pánico, comprobó que el ruido que oía desde hacía un rato era el castañeteo de sus dientes. Se dijo que debía acelerar: ahora sí el ataque estaba en un pelo.
Los carros seguían sin moverse. Una cuadrilla del Ministerio de Obras Públicas levantaba la calzada para cambiar el asfalto a la altura de la calle Sexta. Sólo quedaba una vía del lado izquierdo para pasar y tres busetas se la disputaban. Sin saber qué hacer, Clarita cometió el último y fatal error: vio una esquina, vio que el carro de adelante doblaba para salir del atasco y, sin pensar, lo siguió. Era la calle Octava y respiró diciéndose que no estaba lejos.
Avanzó dos esquinas mirando con aprensión los talleres de mecánica, las tiendas, los edificios desconchados, la gente descalza con el torso desnudo, los grupos de dos o tres sentados en las entradas de las casas tomando cerveza y aguardiente, oyendo radio.
Una vez más dobló a la derecha y el paisaje volvió a sobrecojerla: la calle destapada, con cráteres llenos de agua que hacían J golpear los bajos del Alpine contra el suelo.
«Yo, doctor, si quiere que le diga la verdad, ya ni sentía miedo. Era como si estuviera dormido el músculo del Imiedo, ¿me entiende? Mi casa, el Club, el barrio, Unicentro, me parecína lugares inalcanzables de los que había salido hacía tres vidas. El sur era para mí la boca del lobo, ¿me va entendiendo?»
Pasó al lado de una montaña de escombros y vio un muro de ladrillo a medio construir que terminaba en una casa de lona y plásticos; en la esquina, en un hidrante abierto, varias mujeres llenaban galones de agua y una cuadrilla de niños descalzos revoloteaba alrededor. Clarita no podía avanzar más rápido. En cada hueco se encontraba con miradas sorprendidas. ¿Podría recuperar la Décima más adelante?
La cosa fue más bien sencilla: de una de las casas salieron tres hon-ibres gritando: ¡Auxilio! ¡Un carro! La vieron venir y le hicieron seña de parar, pero Clarita se asustó y quiso acelerar para irse de allí. Imposible, los huecos no la dejaban avanzar. Mientras le daba con desesperación al pedal sintió un ejército de manos golpeando contra todos los vidrios del Alpine. ¡Pare! Pare! Clarita también gritó de pánico: ¡Váyanse! ¡Déjenme! Los hombres forcejearon para abrirle las puertas hasta que uno de ellos levantó un ladrillo y pulverizó el vidrio de atrás.
-¡Ya tráiganla! -dijo una voz angustiada.
De la casa salieron otros dos hombres alzando a una mujerioven. Tenía el vientre inflado y las piernas bañadas en sangre.
-Pecuéstenla ahí, con cuidado -dijo el más grande señalando el asiento de atrás.
Varias mujeres se subieron al carro con la que gritaba y un hombre empujó a Clarita hacia el puesto del copiloto, sobre las piernas del epiléptico que aún temblaba y que ya tenía la quijada y el cuello humedecidos por las babas.
-Estamos yendo al hospital, mamita -dijo una de las mujeres-. Tranquilita, ¿sí?
«Yo vi la escena como si no fueran mis ojos. La mujer estaba teniendo un parto al lado mío, doctor, y le juro, entre la sangre, los pataleos y los gritos, se lo juro, yo vi como unas piernitas diniinutas que le colgaban del sexo.»
El que se puso en el timón aceleró a pesar de los huecos y todos saltaron dentro del carro. En la esquina chocó contra una caneca de basura rompiendo el faro derecho del Alpine pero siguió acelerando hasta que volvió a la Décima, después del atasco. En el semáforo del cruce para la Tercera volvieron a parar.
-¡Se está desangrando! ¡El niño se va a estrangular!
Clarita teiriblaba de pánico mirando la escena. El hombre que mancieba sudaba a chorros y ella sufrió un desmayo al sentir que el epiléptico tenía el miembro en erección.
«Y fijese lo que me pasa doctor: cada vez que estoy con un hombre veo al extraño temblando y echando babas, pero no iniporta, le sigo contando. Cuando me desperté del desmayo estaba sola en el carro. Es decir, sola con el epiléptico. Y entonces vi el vidrio roto del Alpine, el mar de sangre negra en la silla de atrás y los trapos ensangrentados que cubrían a la mujer. Ellos se habían ido.»
El epiléptico empezó a moverse y ella cambió de posición, sintiendo esa cosa dura entre los pantalones del hombre. Entonces se armó de valor y lo empujó contra la puerta y justo en ese instante vio un brillo y luego una forma que la dejó sorprendida: esa cosa dura que el hombre llevaba entre los pantalones y que sentía contra su Pierna era una pistola. Fue incapaz de hablar, de reaccionar. Simplemente la vio. Era la primera vez que veía una pistola. El hombre buscó acomodarse y dejó caer un papel que llevaba en el puño de la mano derecha. Clarita lo abrió y, temblando de miedo, vio escrita una dirección y el nombre del papá de Freddy, el congresista del pañuelo de seda.
En ese momento volvió a desmayarse sin saber que la estaban buscando. Que la policía había encontrado la bicicleta del jardinero tirada en la calle y que en la bolsa de útiles, en lugar de tijeras de podar y recogedores de pasto, había una mini Usi. y una granada de mano.
Despertó en uno de los cuartos del Sanjuan de Dios. Le habían dado un calmante luego de haber tenido varios ataques, gritando y pataleando para escaparse y pidiendo que viniera su papá. La habítación era de color azul claro. Destrás de la ventana s. veía un pedazo del cerro y más atrás, bien al fondo, el cielo y algunas nubes. Una enfermera entró:
-La familia que usté trajo al Hospital pudo salvar al niño y quieren darle las gracias.
-¡No los deje entrar! -gritó, y otra vez empezó a patalear en la cania, a forcejear de aquí para allá, pero en vano, porque la tenían bien sujeta con cinturones de cuero agarrándole los brazos.
Al final de la tarde, cuando los falilillares llegaron para trasladarla a la clínica del Country, Clarita seguía en estado de choc. Según supo después, la policía había agarrado al falso jardinero en el hospital y ahora lo estaban juzgando. Por el traslado a Bostón y los problemas de salud el papá había logrado que no la llainaran a declarar, que para ella habría sido horrible.
«No sé doctor, no sé si es mentira de los médicos de Colombia, pero llegaron a decir que cuando mi papá por fin llegó a recogerme al hospital yo no lo reconocí. ¿A usted le parece posible?»